lunes, 22 de abril de 2019

LA PARED



Me sostiene la pared.
La misma pared que huele a humedad y orina y necesita pintura, evita que me caiga al suelo, un suelo minado de colillas de cigarros y tucas, restos de azúcares pegados de antiguos tragos que se volcaron, manchas de sangre menstrual y de heridas, heridas auto infligidas y otras no tanto.
Alzo la vista.
Al fondo está Charles besándose con su novio. Lo hacen como supongo deben hacerlo en Francia, con exceso de lengua. Charles usa barba. Su novio no. Sus lenguas parecen dos serpientes entrelazándose, si tuviese en mi vista la capacidad de hacer un zoom estoy seguro que la saliva caería formando un hilo que moriría en el suelo para mezclarse con otro tipo de viscosidades, sus manos no se quedan quietas y juegan por dentro de las ropas del otro.
Pico marca un arreglo con el redoblante de la batería y yo cambio de acorde.
Mosquita se olvida de cantar. Canta la gente. Hasta pareciera que eso estuviese ensayado. La gente canta y salta, sus pies pisan un suelo plagado de líquidos varios y difusos. Puede que eso que chapotea sea cerveza o vino blanco, también hay grumos de vómitos que no parecen intimidar a nadie.
Giro mi cabeza. Cambio de panorama.
Lara canta a los gritos cerca de mí. Estamos cara a cara. Abre sus brazos y sacude la cabeza. Sus pelos me acarician las mejillas. En su mano derecha sostiene un porrón de cerveza tibia y sin gas, en la izquierda un porro apagado. Me hace el aguante entonando el estribillo con sentimiento.
“Hoy vi a tu hermana llena de sangre, la habían violado por vigilante”.
Lara es mi amiga, todos creen que cogemos, pero no. Acerca el porro a mi boca, se me cae la púa, todo suena difuso por uno segundos hasta que Cindia la recupera, la alza como si se tratara de un trofeo, la muestra a los presentes, todos saltan con la púa en alto, me la devuelve y todo continúa como si nada. En el punk se perdonan este tipo de inconvenientes.

Cindia tambalea, su cuerpo choca con otros en el medio del pogo y eso impide que se caiga, pero se aleja demasiado del caos y sus piernas se vencen. Primero chocan contra el suelo sus rodillas, luego las palmas de sus manos, por último su frente. Queda en cuatro patas vomitando. Yo estoy acostumbrado a verle el culo en cuatro patas, con ella sí a veces cogemos pero nadie lo sabe.
Como no deja de vomitar Lara se arrima a preguntarle cómo se siente, Cindia eleva el mentón y de su boca cae una especie de moco de color verde anaranjado. Le acaricia la espalda y lanza otro chorro de vómito, intenta ponerse de pie pero sus extremidades resbalan con sus propios flujos.
Pico vuelve a marcar un arreglo para darme lugar al solo de viola.
Le agradezco a la pared, pero debo dejarla. Doy un paso hacia adelante, la miro con melancolía, ya tiene hongos en los sectores de mayor humedad y pienso que en algún momento deberíamos revocarla y pintarla. Le tengo cariño a esa pared, contra ella Cindia me permitió ingresar en su cuerpo por primera vez, un salvaje rapidito del que no me enorgullezco, pero el tiempo nos fue dando buenas revanchas.
El platillo me saca del trance.
Miro al frente, Cindia está sentada, llorando rodeada de sus amigas, con todo su gótico maquillaje corrido, me mira y es todo lo que necesito.
Regreso milagrosamente del casi coma etílico con fuerzas, con movimientos felinos de mis piernas, doblándolas a lo Richards, mis dedos muestran su torpe destreza sobre el mástil de la guitarra.
Mosquita dice mi nombre y la gente aplaude.
Esto es lo más cercano a la felicidad que personas como nosotros van a estar jamás.

(De "Fuimos, las memorias de Rocker - Tomo I")

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