Me sostiene la pared.
La misma pared que huele a humedad y orina y necesita
pintura, evita que me caiga al suelo, un suelo minado de colillas de cigarros y
tucas, restos de azúcares pegados de antiguos tragos que se volcaron, manchas
de sangre menstrual y de heridas, heridas auto infligidas y otras no tanto.
Alzo la vista.
Pico marca un arreglo con el redoblante de la batería y yo
cambio de acorde.
Mosquita se olvida de cantar. Canta la gente. Hasta pareciera
que eso estuviese ensayado. La gente canta y salta, sus pies pisan un suelo
plagado de líquidos varios y difusos. Puede que eso que chapotea sea cerveza o
vino blanco, también hay grumos de vómitos que no parecen intimidar a nadie.
Giro mi cabeza. Cambio de panorama.
Lara canta a los gritos cerca de mí. Estamos cara a cara. Abre
sus brazos y sacude la cabeza. Sus pelos me acarician las mejillas. En su mano
derecha sostiene un porrón de cerveza tibia y sin gas, en la izquierda un porro
apagado. Me hace el aguante entonando el estribillo con sentimiento.
“Hoy vi a tu hermana
llena de sangre, la habían violado por vigilante”.
Lara es mi amiga, todos creen que cogemos, pero no. Acerca el
porro a mi boca, se me cae la púa, todo suena difuso por uno segundos hasta que
Cindia la recupera, la alza como si se tratara de un trofeo, la muestra a los
presentes, todos saltan con la púa en alto, me la devuelve y todo continúa como
si nada. En el punk se perdonan este tipo de inconvenientes.
Cindia tambalea, su cuerpo choca con otros en el medio del
pogo y eso impide que se caiga, pero se aleja demasiado del caos y sus piernas
se vencen. Primero chocan contra el suelo sus rodillas, luego las palmas de sus
manos, por último su frente. Queda en cuatro patas vomitando. Yo estoy
acostumbrado a verle el culo en cuatro patas, con ella sí a veces cogemos pero
nadie lo sabe.
Como no deja de vomitar Lara se arrima a preguntarle cómo se
siente, Cindia eleva el mentón y de su boca cae una especie de moco de color
verde anaranjado. Le acaricia la espalda y lanza otro chorro de vómito, intenta
ponerse de pie pero sus extremidades resbalan con sus propios flujos.
Pico vuelve a marcar un arreglo para darme lugar al solo de
viola.
Le agradezco a la pared, pero debo dejarla. Doy un paso
hacia adelante, la miro con melancolía, ya tiene hongos en los sectores de
mayor humedad y pienso que en algún momento deberíamos revocarla y pintarla. Le
tengo cariño a esa pared, contra ella Cindia me permitió ingresar en su cuerpo
por primera vez, un salvaje rapidito del que no me enorgullezco, pero el tiempo
nos fue dando buenas revanchas.
El platillo me saca del trance.
Miro al frente, Cindia está sentada, llorando rodeada de sus
amigas, con todo su gótico maquillaje corrido, me mira y es todo lo que
necesito.
Regreso milagrosamente del casi coma etílico con fuerzas,
con movimientos felinos de mis piernas, doblándolas a lo Richards, mis dedos
muestran su torpe destreza sobre el mástil de la guitarra.
Mosquita dice mi nombre y la gente aplaude.
Esto es lo más cercano a la felicidad que personas como
nosotros van a estar jamás.
(De "Fuimos, las memorias de Rocker - Tomo I")
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