La propuesta 125 aniquiló todo intento de unión entre los
argentinos. Nos partió al medio. Nos separó. Nos convirtió en fanáticos. Nos
hizo ciegos, sordos y mudos. Boludos. La grieta se originó allí, allí se
quedará, hay que aprender a convivir con ella.
Callejeros toca en Mar del Plata, me queda cerca entonces compro
la entrada y saco los pasajes de ida y vuelta con tiempo para asegurarme el
lugar. Minha y Lula hacen lo mismo. Nos conocimos hace algunos meses, en otro
recital de la banda de Villa Celina, en Olavarría, la tarde que un Pato feliz
dijo “Hola Varría”, le festejamos el chiste malo porque a quien está sobre un
escenario se le celebra todo.
¿El problema?
El campo está de paro. Colocaron camiones que cortan la ruta
y no pasa nadie, de pedo si dejan pasar al viento.
Son unos hijos de puta. Los campesinos y los del gobierno.
Me tiro en la cama con bronca. Puteo a la democracia y
pienso en cómo salir a poner bombas sin que me descubran. Minha y Lula están en
la terminal. Me llaman, me dicen que a lo mejor sale un colectivo, que no baje
los brazos, que vaya con ellas a esperar así al menos estamos juntos, la gente
mete presión, quieren viajar, la idea es salir a ciegas y ver qué pasa, las
chances de llegar de esa manera son remotas, la gente lo sabe, pero en los
renglones de arriba mencioné la palabra “fanáticos”, un ser así o llega a
destino o su existencia carece de sentido.
Arribo a la terminal, el panorama es perturbador. Las
ventanillas de las empresas están cerradas. La gente camina, aplaude y se queja
en la oficina de informes ante una joven que no sabe ni entiende un carajo. Se
encoje de hombros como ninguna. Los pocos micros que hay están rodeados, apenas
se abra una puerta van a subir, van a tomarlo, secuestrarlo y partir a destino.
Otros resignados lloran en los banquitos. Toca el Pato la concha de tu madre, y
no voy a poder ir, escucho a mis espaldas el reclamo de alguien a otro.
Minha es un poco más grande que nosotros, tiene un poco más
de noche, más vida que se traduce en una agenda telefónica con más contactos.
Nos dice en voz baja que consiguió de pedo al amigo de un amigo que tiene un
tío que debe pagar un crédito de no sé qué, es un taxista que nos llevará en
auto, pero que tenemos que tomarlo de manera camuflada, cualquier cosa que
tenga ruedas es motivo para el motín.
El chofer se llama Hugo. Nos dice que estamos locos, que si
Dios está de nuestro lado, a lo sumo, solo podrá llevarnos hasta Balcarce, y que
desde allí estamos en manos del destino. Pero nos cuenta su historia, mediado
de los ’70, él y dos amigos viajan hasta Brasil en un Fiat 600 para ver a una
banda internacional de la que desgraciadamente no recuerdo el nombre. Recuerda
su viaje con entusiasmo y sonrisas pícaras que lo remiten al momento. Cada
tanto pequeñas barricadas nos impiden el paso, algunas son numerosas y debemos
acudir a la lástima, las chicas muestran las entradas, yo muestro el tatuaje,
se apiadan y nos permiten el paso. Otras veces son pocas personas, tres gauchos
tomando mates con dos gomas en la ruta a los que no nos cuesta intimidar
mediante vulgares y frívolas amenazas.
Hugo se va entonando con nosotros, a lo primero nos puteaba
diciendo que le iban a dar vuelta el auto, que quién mierda me manda a mí a
hacer esto, pero nos veía ir superando obstáculos y todo su ser rejuvenecía,
“de no ser por ustedes estaría tomando mates con mi mujer mirando la tele”, nos
dijo en el corte previo a Balcarce, donde tuvo que bajar a colaborar con los
empujones porque la discusión dialéctica había llegado a su fin y solo nos
quedaba utilizar la fuerza física para poder pasar. Minha es más de putear,
Lula se arremanga y boxea, yo empujo y corro las gomas y las latas con fuego
como puedo al grito de “dejanos pasar hijo de puta”, Hugo desciende del
vehículo con un palo de esos que usan los taxistas para defenderse llegado el
caso, si no vi mal hasta llevaba algunos clavos en su extremo, dice algo
parecido a “la concha de su hermana”,
pasamos, Lula abre la ventanilla, saca la mitad de su cuerpo con el auto a más
de cien kilómetros por hora y les grita un furioso “aguante Callejeros putos”,
Hugo toca la bocina. Gritamos solos dentro del vehículo la victoria, es un gol
sobre la hora, no es un gol para campeonato, es de esos goles que te dan una
vida más en la lucha del descenso, pero gol al fin carajo.
Minha saca para festejar una petaca barata de algo oscuro,
le da un trago ella, luego Lula y la pasa hacia adelante, bebo, le ofrezco a
Hugo.
-Si, dame – dice resignado – Se va a la puta que lo parió.
¿Quién se va a la puta que lo parió?
La vida, el destino, las normas, los mates con su mujer
mirando televisión, todo se va a la puta que lo parió, al aburrimiento, la
rutina, ese crédito que debe pagar, toda la puta vida se va a la puta que lo
parió, el presente es ahora, venimos de superar una proeza histórica, esto es
la felicidad, esto es el momento, esto es vivir.
Balcarce es la muralla China. Los Chinos son infinitos dice
un amigo. Mucha gente. Pesados, muchos camiones. Por acá no se puede pasar. No
al menos en un vehículo, a pie es otra cosa. Saludamos a Hugo como si fuese un
amigo de toda la vida. Este viaje nos convierte en socios eternos, él en algún
momento contará la historia sobre tres locos que iban a ver una banda de rock,
y nosotros hablaremos de él como el tipo que nos ayudó a llegar. Sabemos que no
vamos a volver a verlo. No sabemos su apellido. Nada. Nos palmea la espalda y
nos pide que nos cuidemos. Da marcha atrás y lo vemos partir, toca la bocina al
mismo ritmo que lo hizo en una de las barricadas que superamos. Levantamos los
brazos para despedirlo, con los puños cerrados porque estamos haciendo la
revolución.
Comenzamos a caminar. Los camioneros no suelen ser muy
delicados con las damas, en esa época los pañuelos verdes ni arrimaban, no
existían. Del comentario de la manzana y el champagne para arriba les decían
cualquier cosa. Minha tenía miedo, dentro de todo era de los tres la que más o
menos pensaba, Lula les respondía con concretos “pito corto” o “impotente de
mierda”, superado el tramo de los camiones la ruta se convirtió en la nada
misma.
Boca de lobo.
Oscuridad y frío.
Lluvia.
(Sin lluvia, insisto, no hay épica)
Perdimos la noción del tiempo. Desconozco si caminamos tres,
cuatro o cinco horas para cuando Minha se largó a llorar. Lula caminaba conmigo
más adelantados, íbamos abrazados, con los codos enganchados, inconscientes,
delirando con qué tema abriría la banda el show. Con Lula había quedado buena
onda desde el concierto en Olavarría, tiene una hija, en ese entonces pequeña,
que dejaba al cuidado de una vecina porque no tenía otra familia, era una “mamá
luchona” sin el llanto ni la lástima, era mimosa cuando necesitaba cariño.
Pagaba el amor con sexo.
Minha está sentada en el medio de la ruta. Llora. Nos dice
que somos dos pendejos de mierda, que ella ya está grande, que mañana tiene que
trabajar, que no pasa un auto hace mil horas y que no nos importa nada.
No es que la convencimos de seguir el camino con estímulos
nefastos como “falta poco”, o el mentiroso “ya casi llegamos”, se incorporó y
retomó la macha básicamente porque quedarse quieta en un lugar así no era mucho
mejor plan.
Un rato después (¿par
de horas?) un Falcon sin luces y sin patente aparece de la nada a nuestras
espaldas, clava los frenos chillando, lleva las ventanillas bajas y la radio
encendida, el informativo dice algo sobre la normalidad. Un flaquito de remera
y gorrita nos pregunta cual es nuestro destino. Se sorprende cuando le decimos
a donde vamos, y nos dice que estamos locos cuando le decimos de dónde venimos.
Me obliga a subir adelante, las dos chicas van en los asientos de atrás. Las
ruedas vuelven a chillar, como en los dibujos animados largan humo y el auto
sale desenfrenado. Lula se asoma por el medio de los asientos delanteros y
pregunta si está todo bien. El flaquito se acomoda la gorra y dice que sí. Yo
pienso que ya es tarde para todo. Si quisiera meterme un balazo, dejarme tirado
allí y violar a las damiselas, podría hacerlo sin testigos, ni nada. Inclusive
es hasta poca la gente que sabe que estamos acá, para el común de los mortales
estamos en la terminal esperando que se levante el paro. Pienso que si a él se
le ocurre hacer un movimiento extraño como cambiar la estación de la radio o
tratar de abrir la guantera, me veré obligado a tirarme sobre el volante y
hacer volcar el auto y que sea lo que Dios quiera.
Pero “a la gente solo la ayuda la gente”, y el flaquito de
gorrita y remera nos llevó hasta la puerta del polideportivo donde sería el
show. En el camino nos contó parte de su historia, nos dijo que trabajaba como
peón en un campo de por allí, y que su patrón estaría furioso por la demora,
Lula le pregunta si no le van a hacer nada, y el pibe se enoje de hombros con
una sonrisa. Nos sobró tiempo y todo para mirar las remeras del merchandasing
oficial de la banda. Al pibe le dejamos un faso como parte de pago, la
denominada “bomba”, y como en las series yankies de Nueva York le golpeamos el
techo como a los taxistas, se fue, no frenó en el semáforo y tocó bocina al
doblar la esquina.
Estamos sumergidos en una de esas películas de carretera,
donde los protagonistas se cruzan con diversos personajes que le van enseñando
cosas. Hugo nos enseñó que la juventud puede llegar a ser eterna, el flaquito
(y su auto) que las apariencias engañan. Me pregunto si nosotros les habremos
dejado alguna enseñanza a ellos.
Del show no sé qué decir. Muchos de los que tenían plateas
saltaban al campo. La seguridad se vio desbordada y tuvo que permitir que la
gente haga lo que tuviese ganas. No aprendimos nada. No recuerdo con qué tema
abrieron, todavía no habían sacado “Suerte”, por ende no sé con cual cerraron.
Fito Paez dice que “lo importante no es
llegar, lo importante es el camino”, “tu esqueleto te trajo hasta aquí”, canta
Solari. Llegué a destino, llegué a la Meca, y como recompensa me llevo en mi
mochila algunas historias y millas para mis zapatillas.
A la salida comimos un dudoso choripán, los alarmistas dirán
que estaba medio crudo, los que ven el lado positivo que estaba medio cocido,
le realidad es que teníamos hambre y lo comimos compartiendo un vaso de Coca
Cola con un exagerado nivel de hielo. Lula se lo hizo saber al vendedor y de
onda nos llenó el vaso por segunda vez.
-Es puro hielo, somos tres – lo convenció.
Conseguimos un hotel barato cerca de la Vieja Terminal de
Mar del Plata. El sereno no nos tomó ningún dato, seguro se quedó con nuestro dinero
sin rendírselo a su jefe. Habrá pensado que estaríamos poco tiempo, que solo
queríamos enfiestarnos en un trío sexual y nos iríamos, pero no, nosotros
queríamos dormir y desayunar, antes meter una salida en el bar de Piluso, un antro
Stone al que no volví a ir, pero al que recuerdo con el mayor de los cariños.
El tiempo y el olvido hacen que ese bar sea cada vez mejor.
Minha dice que está cansada, solo salgo con Lula.
Una cerveza, después otra, debemos bajar la calidad del
producto para poder tomar más. De Quilmes mutamos a Palermo. Nos ofrecen una
Diosa, pero tenemos nuestros límites. Ella se para para bailar “Rock del gato”,
no puedo permitir que le vean mucho tiempo, para demostrar que está conmigo me le
acerco y la arrincono contra una columna. Ella vislumbra mis intenciones y lo
permite. La beso. Ella sigue bailando. Sus movimientos pélvicos me rozan. Sus
labios saben a cerveza fría, su lengua a tabaco, su cuello a sudor, pero es una
princesa. Sus dedos se entrelazan con los cabellos de mi nuca, sus ojos están
cerrados. Comienza el solo de guitarra de la canción, ella grita un agudo
“iiiuuuhhhh” y eleva el vaso plástico de cerveza con emoción, me mira, sonríe,
me besa sin dejar de bailar, con el vaso en lo alto, como símbolo de victoria.
En este momento nos amamos.
Somos la Flaca Pili y el Negro Tomás de la canción de los
Guasones.
El amor no debe tener glamour más allá de lo que las
circunstancias ameriten. Se hace amor con lo que está al alcance, sin
exageraciones ni mentiras o falsas promesas, como dice una cumbia por ahí. Es amor
una mirada, una mueca, una canción dedicada, una frase escrita con bic sobre la
mesa de madera. En este mundo el amor es ofrecer el último trago de cerveza de
la botella.
Borrachos salimos a la calle. Borrachos de carnaval canta
Javier Calamaro. No recordamos en qué hotel estamos hospedados. No tenemos
créditos en el celular para llamar a Minha. Ingresamos a dos o tres y pedimos
la llave, pero no es allí. En uno ni siquiera nos abrieron la puerta. Somos dos
pordioseros alcoholizados. Finalmente dimos con el hospedaje. Lula le cuenta lo
acontecido al sereno.
-Son cosas que pasan – nos dice el viejito.
No tenemos la llave de la habitación. Minha duerme. No
podemos despertarla y Lula se enoja y patea la puerta gritando “abrime hija de
puta”, Minha, lejos de mantener la calma abre y grita “sos boluda, me estaba
bañando, no ves que la gente duerme”, es genial.
La gente ya no duerme. Algunos abren las puertas y asoman su
cabeza para ver que está pasando, “saca la cabeza para espiar mejor” canta
Pato.
Adentro la discusión continúa. Pelea de mujeres. No quieren
dormir juntas en la cama doble porque están enojadas, pero Minha tampoco quiere
moverse a la cama simple. Lula tiene que acomodarse junto a mí en la cama de
una plaza. Se coloca detrás apoyándome sus pechos, están duros por el frío. Sus
manos me acarician el pecho buscando calor, besa mi cuello, su mano baja y me
obsequia el mejor “Hand Job” de mi vida mientras me pide que guarde silencio
mediante un suave y sensual “sshhhh”.
Final feliz para todos, al menos para mí.
Suena la alarma, estamos a punto de perder el colectivo,
faltan pocos minutos para las siete de la mañana. Minha nos mira mal, nos dice
que somos dos desubicados, que ella tarda en dormirse y que no es boluda. Nos
despedimos del sereno, todavía está allí. Estamos, por suerte, cerca de la
terminal pero para sorpresa nuestra ahora hay un paro de transporte de larga
distancia. Para un escritor esto es tener los planetas alineados, porque es una
anécdota detrás de otra, pero la gira ya nos estaba pasando la factura, todos
queríamos estar en nuestras casas. Minha vuelve a llorar porque no va a poder
llegar a su trabajo, dice que el “Gordo” la va a despedir. Lula sigue borracha buscando
pelea con cualquiera que la mire y a mí me duele la cabeza y tengo hambre. No
tenemos plata y parecemos tres linyeras. El hotel estaba pago, en teoría, hasta
las diez de la mañana e incluía el desayuno. Allí fuimos.
El sereno ya no está.
No figuramos en la lista de pasajeros.
El sereno durmió a su jefe y eso generó que no nos dieran el
café con leche con las dos medialunas dulces. Lula se putea primero con una
camarera y después con el conserje.
-Te falta rock & roll hijo de puta – le grita desde la
vereda ante la mirada azorada de una anciana que lleva en una mano su changuito
de compras.
-Buen día señora – saluda Minha tratando de simular
normalidad.
Yo tomo nota mental.
Varias horas después la medida de fuerza se levanta, nos
cambian los pasajes y podemos regresar. Minha se desmaya en su asiento. Lula me
pide sentarse del lado de la ventanilla pero apoya su cabeza sobre mi hombro.
Yo acaricio su muslo y nos miramos. Me sonríe y se acurruca para dormir.
Pasaron los días.
Cobos dio su voto no positivo.
Pasaron los meses.
Minha se casó y engordó varios kilos.
Lula se fue a vivir a Miramar con su hija.
Pasaron los años.
A mi comienza a pesarme la mochila y necesito vaciarla
escribiendo estas historias, que no tienen metáforas ni moralejas, pero en un
mundo minado de falsedades y traiciones son, al menos, reales.
(De "FUIMOS", Auto Biografía del Empresario Rocker . Tomo I)
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