miércoles, 26 de junio de 2019

CAMINANTES


La propuesta 125 aniquiló todo intento de unión entre los argentinos. Nos partió al medio. Nos separó. Nos convirtió en fanáticos. Nos hizo ciegos, sordos y mudos. Boludos. La grieta se originó allí, allí se quedará, hay que aprender a convivir con ella.
Callejeros toca en Mar del Plata, me queda cerca entonces compro la entrada y saco los pasajes de ida y vuelta con tiempo para asegurarme el lugar. Minha y Lula hacen lo mismo. Nos conocimos hace algunos meses, en otro recital de la banda de Villa Celina, en Olavarría, la tarde que un Pato feliz dijo “Hola Varría”, le festejamos el chiste malo porque a quien está sobre un escenario se le celebra todo.
¿El problema?
El campo está de paro. Colocaron camiones que cortan la ruta y no pasa nadie, de pedo si dejan pasar al viento.
Son unos hijos de puta. Los campesinos y los del gobierno.
Me tiro en la cama con bronca. Puteo a la democracia y pienso en cómo salir a poner bombas sin que me descubran. Minha y Lula están en la terminal. Me llaman, me dicen que a lo mejor sale un colectivo, que no baje los brazos, que vaya con ellas a esperar así al menos estamos juntos, la gente mete presión, quieren viajar, la idea es salir a ciegas y ver qué pasa, las chances de llegar de esa manera son remotas, la gente lo sabe, pero en los renglones de arriba mencioné la palabra “fanáticos”, un ser así o llega a destino o su existencia carece de sentido.
Arribo a la terminal, el panorama es perturbador. Las ventanillas de las empresas están cerradas. La gente camina, aplaude y se queja en la oficina de informes ante una joven que no sabe ni entiende un carajo. Se encoje de hombros como ninguna. Los pocos micros que hay están rodeados, apenas se abra una puerta van a subir, van a tomarlo, secuestrarlo y partir a destino. Otros resignados lloran en los banquitos. Toca el Pato la concha de tu madre, y no voy a poder ir, escucho a mis espaldas el reclamo de alguien a otro.
Minha es un poco más grande que nosotros, tiene un poco más de noche, más vida que se traduce en una agenda telefónica con más contactos. Nos dice en voz baja que consiguió de pedo al amigo de un amigo que tiene un tío que debe pagar un crédito de no sé qué, es un taxista que nos llevará en auto, pero que tenemos que tomarlo de manera camuflada, cualquier cosa que tenga ruedas es motivo para el motín.
El chofer se llama Hugo. Nos dice que estamos locos, que si Dios está de nuestro lado, a lo sumo, solo podrá llevarnos hasta Balcarce, y que desde allí estamos en manos del destino. Pero nos cuenta su historia, mediado de los ’70, él y dos amigos viajan hasta Brasil en un Fiat 600 para ver a una banda internacional de la que desgraciadamente no recuerdo el nombre. Recuerda su viaje con entusiasmo y sonrisas pícaras que lo remiten al momento. Cada tanto pequeñas barricadas nos impiden el paso, algunas son numerosas y debemos acudir a la lástima, las chicas muestran las entradas, yo muestro el tatuaje, se apiadan y nos permiten el paso. Otras veces son pocas personas, tres gauchos tomando mates con dos gomas en la ruta a los que no nos cuesta intimidar mediante vulgares y frívolas amenazas.
Hugo se va entonando con nosotros, a lo primero nos puteaba diciendo que le iban a dar vuelta el auto, que quién mierda me manda a mí a hacer esto, pero nos veía ir superando obstáculos y todo su ser rejuvenecía, “de no ser por ustedes estaría tomando mates con mi mujer mirando la tele”, nos dijo en el corte previo a Balcarce, donde tuvo que bajar a colaborar con los empujones porque la discusión dialéctica había llegado a su fin y solo nos quedaba utilizar la fuerza física para poder pasar. Minha es más de putear, Lula se arremanga y boxea, yo empujo y corro las gomas y las latas con fuego como puedo al grito de “dejanos pasar hijo de puta”, Hugo desciende del vehículo con un palo de esos que usan los taxistas para defenderse llegado el caso, si no vi mal hasta llevaba algunos clavos en su extremo, dice algo parecido  a “la concha de su hermana”, pasamos, Lula abre la ventanilla, saca la mitad de su cuerpo con el auto a más de cien kilómetros por hora y les grita un furioso “aguante Callejeros putos”, Hugo toca la bocina. Gritamos solos dentro del vehículo la victoria, es un gol sobre la hora, no es un gol para campeonato, es de esos goles que te dan una vida más en la lucha del descenso, pero gol al fin carajo.
Minha saca para festejar una petaca barata de algo oscuro, le da un trago ella, luego Lula y la pasa hacia adelante, bebo, le ofrezco a Hugo.
-Si, dame – dice resignado – Se va a la puta que lo parió.
¿Quién se va a la puta que lo parió?
La vida, el destino, las normas, los mates con su mujer mirando televisión, todo se va a la puta que lo parió, al aburrimiento, la rutina, ese crédito que debe pagar, toda la puta vida se va a la puta que lo parió, el presente es ahora, venimos de superar una proeza histórica, esto es la felicidad, esto es el momento, esto es vivir.

Balcarce es la muralla China. Los Chinos son infinitos dice un amigo. Mucha gente. Pesados, muchos camiones. Por acá no se puede pasar. No al menos en un vehículo, a pie es otra cosa. Saludamos a Hugo como si fuese un amigo de toda la vida. Este viaje nos convierte en socios eternos, él en algún momento contará la historia sobre tres locos que iban a ver una banda de rock, y nosotros hablaremos de él como el tipo que nos ayudó a llegar. Sabemos que no vamos a volver a verlo. No sabemos su apellido. Nada. Nos palmea la espalda y nos pide que nos cuidemos. Da marcha atrás y lo vemos partir, toca la bocina al mismo ritmo que lo hizo en una de las barricadas que superamos. Levantamos los brazos para despedirlo, con los puños cerrados porque estamos haciendo la revolución.
Comenzamos a caminar. Los camioneros no suelen ser muy delicados con las damas, en esa época los pañuelos verdes ni arrimaban, no existían. Del comentario de la manzana y el champagne para arriba les decían cualquier cosa. Minha tenía miedo, dentro de todo era de los tres la que más o menos pensaba, Lula les respondía con concretos “pito corto” o “impotente de mierda”, superado el tramo de los camiones la ruta se convirtió en la nada misma.
Boca de lobo.
Oscuridad y frío.
Lluvia.
(Sin lluvia, insisto, no hay épica)
Perdimos la noción del tiempo. Desconozco si caminamos tres, cuatro o cinco horas para cuando Minha se largó a llorar. Lula caminaba conmigo más adelantados, íbamos abrazados, con los codos enganchados, inconscientes, delirando con qué tema abriría la banda el show. Con Lula había quedado buena onda desde el concierto en Olavarría, tiene una hija, en ese entonces pequeña, que dejaba al cuidado de una vecina porque no tenía otra familia, era una “mamá luchona” sin el llanto ni la lástima, era mimosa cuando necesitaba cariño. Pagaba el amor con sexo.
Minha está sentada en el medio de la ruta. Llora. Nos dice que somos dos pendejos de mierda, que ella ya está grande, que mañana tiene que trabajar, que no pasa un auto hace mil horas y que no nos importa nada.
No es que la convencimos de seguir el camino con estímulos nefastos como “falta poco”, o el mentiroso “ya casi llegamos”, se incorporó y retomó la macha básicamente porque quedarse quieta en un lugar así no era mucho mejor plan.
 Un rato después (¿par de horas?) un Falcon sin luces y sin patente aparece de la nada a nuestras espaldas, clava los frenos chillando, lleva las ventanillas bajas y la radio encendida, el informativo dice algo sobre la normalidad. Un flaquito de remera y gorrita nos pregunta cual es nuestro destino. Se sorprende cuando le decimos a donde vamos, y nos dice que estamos locos cuando le decimos de dónde venimos. Me obliga a subir adelante, las dos chicas van en los asientos de atrás. Las ruedas vuelven a chillar, como en los dibujos animados largan humo y el auto sale desenfrenado. Lula se asoma por el medio de los asientos delanteros y pregunta si está todo bien. El flaquito se acomoda la gorra y dice que sí. Yo pienso que ya es tarde para todo. Si quisiera meterme un balazo, dejarme tirado allí y violar a las damiselas, podría hacerlo sin testigos, ni nada. Inclusive es hasta poca la gente que sabe que estamos acá, para el común de los mortales estamos en la terminal esperando que se levante el paro. Pienso que si a él se le ocurre hacer un movimiento extraño como cambiar la estación de la radio o tratar de abrir la guantera, me veré obligado a tirarme sobre el volante y hacer volcar el auto y que sea lo que Dios quiera.
Pero “a la gente solo la ayuda la gente”, y el flaquito de gorrita y remera nos llevó hasta la puerta del polideportivo donde sería el show. En el camino nos contó parte de su historia, nos dijo que trabajaba como peón en un campo de por allí, y que su patrón estaría furioso por la demora, Lula le pregunta si no le van a hacer nada, y el pibe se enoje de hombros con una sonrisa. Nos sobró tiempo y todo para mirar las remeras del merchandasing oficial de la banda. Al pibe le dejamos un faso como parte de pago, la denominada “bomba”, y como en las series yankies de Nueva York le golpeamos el techo como a los taxistas, se fue, no frenó en el semáforo y tocó bocina al doblar la esquina.
Estamos sumergidos en una de esas películas de carretera, donde los protagonistas se cruzan con diversos personajes que le van enseñando cosas. Hugo nos enseñó que la juventud puede llegar a ser eterna, el flaquito (y su auto) que las apariencias engañan. Me pregunto si nosotros les habremos dejado alguna enseñanza a ellos.
Del show no sé qué decir. Muchos de los que tenían plateas saltaban al campo. La seguridad se vio desbordada y tuvo que permitir que la gente haga lo que tuviese ganas. No aprendimos nada. No recuerdo con qué tema abrieron, todavía no habían sacado “Suerte”, por ende no sé con cual cerraron. Fito Paez dice que  “lo importante no es llegar, lo importante es el camino”, “tu esqueleto te trajo hasta aquí”, canta Solari. Llegué a destino, llegué a la Meca, y como recompensa me llevo en mi mochila algunas historias y millas para mis zapatillas.
A la salida comimos un dudoso choripán, los alarmistas dirán que estaba medio crudo, los que ven el lado positivo que estaba medio cocido, le realidad es que teníamos hambre y lo comimos compartiendo un vaso de Coca Cola con un exagerado nivel de hielo. Lula se lo hizo saber al vendedor y de onda nos llenó el vaso por segunda vez.
-Es puro hielo, somos tres – lo convenció.
Conseguimos un hotel barato cerca de la Vieja Terminal de Mar del Plata. El sereno no nos tomó ningún dato, seguro se quedó con nuestro dinero sin rendírselo a su jefe. Habrá pensado que estaríamos poco tiempo, que solo queríamos enfiestarnos en un trío sexual y nos iríamos, pero no, nosotros queríamos dormir y desayunar, antes meter una salida en el bar de Piluso, un antro Stone al que no volví a ir, pero al que recuerdo con el mayor de los cariños.
El tiempo y el olvido hacen que ese bar sea cada vez mejor.
Minha dice que está cansada, solo salgo con Lula.
Una cerveza, después otra, debemos bajar la calidad del producto para poder tomar más. De Quilmes mutamos a Palermo. Nos ofrecen una Diosa, pero tenemos nuestros límites. Ella se para para bailar “Rock del gato”, no puedo permitir que le vean mucho tiempo, para demostrar que está conmigo me le acerco y la arrincono contra una columna. Ella vislumbra mis intenciones y lo permite. La beso. Ella sigue bailando. Sus movimientos pélvicos me rozan. Sus labios saben a cerveza fría, su lengua a tabaco, su cuello a sudor, pero es una princesa. Sus dedos se entrelazan con los cabellos de mi nuca, sus ojos están cerrados. Comienza el solo de guitarra de la canción, ella grita un agudo “iiiuuuhhhh” y eleva el vaso plástico de cerveza con emoción, me mira, sonríe, me besa sin dejar de bailar, con el vaso en lo alto, como símbolo de victoria.
En este momento nos amamos.
Somos la Flaca Pili y el Negro Tomás de la canción de los Guasones.
El amor no debe tener glamour más allá de lo que las circunstancias ameriten. Se hace amor con lo que está al alcance, sin exageraciones ni mentiras o falsas promesas, como dice una cumbia por ahí. Es amor una mirada, una mueca, una canción dedicada, una frase escrita con bic sobre la mesa de madera. En este mundo el amor es ofrecer el último trago de cerveza de la botella.
Borrachos salimos a la calle. Borrachos de carnaval canta Javier Calamaro. No recordamos en qué hotel estamos hospedados. No tenemos créditos en el celular para llamar a Minha. Ingresamos a dos o tres y pedimos la llave, pero no es allí. En uno ni siquiera nos abrieron la puerta. Somos dos pordioseros alcoholizados. Finalmente dimos con el hospedaje. Lula le cuenta lo acontecido al sereno.
-Son cosas que pasan – nos dice el viejito.
No tenemos la llave de la habitación. Minha duerme. No podemos despertarla y Lula se enoja y patea la puerta gritando “abrime hija de puta”, Minha, lejos de mantener la calma abre y grita “sos boluda, me estaba bañando, no ves que la gente duerme”, es genial.
La gente ya no duerme. Algunos abren las puertas y asoman su cabeza para ver que está pasando, “saca la cabeza para espiar mejor” canta Pato.
Adentro la discusión continúa. Pelea de mujeres. No quieren dormir juntas en la cama doble porque están enojadas, pero Minha tampoco quiere moverse a la cama simple. Lula tiene que acomodarse junto a mí en la cama de una plaza. Se coloca detrás apoyándome sus pechos, están duros por el frío. Sus manos me acarician el pecho buscando calor, besa mi cuello, su mano baja y me obsequia el mejor “Hand Job” de mi vida mientras me pide que guarde silencio mediante un suave y sensual “sshhhh”.
Final feliz para todos, al menos para mí.
Suena la alarma, estamos a punto de perder el colectivo, faltan pocos minutos para las siete de la mañana. Minha nos mira mal, nos dice que somos dos desubicados, que ella tarda en dormirse y que no es boluda. Nos despedimos del sereno, todavía está allí. Estamos, por suerte, cerca de la terminal pero para sorpresa nuestra ahora hay un paro de transporte de larga distancia. Para un escritor esto es tener los planetas alineados, porque es una anécdota detrás de otra, pero la gira ya nos estaba pasando la factura, todos queríamos estar en nuestras casas. Minha vuelve a llorar porque no va a poder llegar a su trabajo, dice que el “Gordo” la va a despedir. Lula sigue borracha buscando pelea con cualquiera que la mire y a mí me duele la cabeza y tengo hambre. No tenemos plata y parecemos tres linyeras. El hotel estaba pago, en teoría, hasta las diez de la mañana e incluía el desayuno. Allí fuimos.
El sereno ya no está.
No figuramos en la lista de pasajeros.
El sereno durmió a su jefe y eso generó que no nos dieran el café con leche con las dos medialunas dulces. Lula se putea primero con una camarera y después con el conserje.
-Te falta rock & roll hijo de puta – le grita desde la vereda ante la mirada azorada de una anciana que lleva en una mano su changuito de compras.
-Buen día señora – saluda Minha tratando de simular normalidad.
Yo tomo nota mental.
Varias horas después la medida de fuerza se levanta, nos cambian los pasajes y podemos regresar. Minha se desmaya en su asiento. Lula me pide sentarse del lado de la ventanilla pero apoya su cabeza sobre mi hombro. Yo acaricio su muslo y nos miramos. Me sonríe y se acurruca para dormir.
Pasaron los días.
Cobos dio su voto no positivo.
Pasaron los meses.
Minha se casó y engordó varios kilos.
Lula se fue a vivir a Miramar con su hija.
Pasaron los años.
A mi comienza a pesarme la mochila y necesito vaciarla escribiendo estas historias, que no tienen metáforas ni moralejas, pero en un mundo minado de falsedades y traiciones son, al menos, reales.

(De "FUIMOS", Auto Biografía del Empresario Rocker . Tomo I)

Pueden leer más desde AQUI!