Pagamos caro un hotel muy barato frente a la vieja estación
de la Feliz.
No es la primera vez, el Punga ya nos conoce, siempre vamos
al mismo hotel, pedimos la misma habitación, nos recibe con simpatía porque es
todo lo que tiene para ofrecer. El agua caliente sale a cuenta gotas, la
televisión se ve con lluvia, el desayuno es de dudosa procedencia, el resto de
los huéspedes parecen estar ocultándose (¿escapando?) de algo, las camas hacen
ruido, los colchones son finos, la ventana da a un patio interno lleno de
chapas, maderas y los soretes del perro que vive allí, el inodoro despide
aromas cloacales y la mucama es una paraguaya que por cien pesos te hace un
pete.
Mosquita se baña luego de fumar porque dice que lo ayuda a
bajar. Tenemos una larga noche por delante, hay previa, show y putas. Parece
demasiado para dos simples mortales que sin saberlo están arruinando sus vidas.
Lo escucho putear porque el agua sale fría. Hago malabares
con la tuca para no quemarme mientras con la otra mano acaricio la nuca de la
mucama, como si fuésemos novios y mediante esa caricia tratara yo de apaciguar
su dolor, mintiéndome a mí mismo, en pleno trance por la cannabis pienso que se
puede engañar a la soledad por algunos minutos. Mientras se limpia la boca con
su lengua y el puño de su buzo me dice que quiere ser actriz, que a veces
participa de castings. Se mira al espejo y también debe limpiarse una mejilla.
A veces me falla la puntería.
Dos desahuciados jugando al amor.
Salimos temprano porque el bar abre temprano. Un antro de la
zona, minado de rolingas, con un micrófono abierto con una guitarra para quien
guste entonar alguna canción. Luego de algunos tragos me le animo e interpreto
Legalícenla de Viejas Locas. El público presente deja pasar por alto los
errores y las desafinaciones, alzan sus porros y cantan con emoción, incluso
corean el solo de guitarra, yo cierro mis ojos y siento estar tocando en Obras
o Cemento.
Son energía pura.
Me palmean la espalda y me felicitan cuando bajo del
precario escenario. Sube a cantar una minita canciones de Calamaro, tiene el
pelo corto y cachetes rosados. Todos los presentes la deseamos, sus caderas son
prometedoras, pero ella tiene la seguridad que ninguno intentará nada, es de
esas chicas inalcanzables para energúmenos como nosotros. Ella lo sabe, sus
amigas lo saben, lo sabemos. Ni lo intentamos. Simplemente la escuchamos.
Los Gardelitos tocan en el culo del mundo. SUM es un galpón,
preguntamos cómo llegar, nadie sabe, ni siquiera conocen el lugar, finalmente
damos con un rastafari que nos indica el camino. Hay poca gente, el show es
bueno, una catarata de hits, Eli tira la púa y yo la agarro, voy a hacerme un
collar con ella. Gasté todo mi dinero en el bar, no tengo ni para el colectivo
de regreso, Mosquita debe pagarlo.
El Privado es por fuera una casa normal en pleno barrio
residencial, tiene piedras en su fachada, una reja, la vereda está limpia.
Tocamos timbre. La Madama es una piba joven, viste una tanga que combina con su
corpiño, va fumando un pucho por la mitad, tiene tacos altos. Apenas abre la
puerta, nos observa, escupe el humo y nos hace pasar. Nos informa que solo
tiene a una chica disponible, que ella quedó a cargo hasta que regrese el jefe
y que por ese motivo no puede presentarse como oferta. De todas formas yo no
tengo dinero, Mosquita dice que quiere los servicios por media hora, paga y se
dirige a esperar a la habitación.
La Madama me ofrece un cigarro. Le digo que no fumo tabaco.
Me dice que el faso no es gratis. Ella toma vino mientras mira la repetición de
una novela chilena, pongo atención y es evidente que su tonada es de esos
lugares de Sudamérica.
Mosquita sale antes de cumplirse el tiempo. Se despide frío
de la Madama. Una vez en la calle le pregunto si la minita estaba buena.
-No – me dice con concretos signos de enojo – Era una gorda
con una remera de la Bersuit.
En el hotel el televisor no anda, la ducha es un martirio.
Se escuchan las peleas de los demás pasajeros y al perro que ladra por
cualquier cosa. Aun así me duermo.
El desayuno, en estas condiciones, es un manjar. Café con
leche libre, más dos medialunas dulces y una panera con tostadas. La misma
paraguaya que es mucama también es camarera. Vestida de camarera es mucho más
bonita, sus cabellos sueltos resaltan sus facciones, el pantalón ajustado la
favorece, lo mismo que la remera; de mucama lleva el pelo atado y ropa suelta.
Me mira y sonríe con timidez cuando le pido una segunda taza de café con leche.
-Más café que leche – le digo y se sonroja al oír la palabra
leche.
Cuando se retira le miro el culo y me veo obligado a pedirle
cien pesos prestados a Mosquita, él sigue enojado porque siente que por la
noche lo estafaron. Me los presta.
Esta vez debo correrle el pelo que cae sobre su rostro y
sostenerlo. Me pregunto si será feliz. Cuando termina le digo lo que voy a
hacer con mi vida, tocar con la banda y pintar cuadros. Le digo que voy a
volver a buscarla pronto y me dice que sea rápido, porque apenas junte plata se
va a ir a Capital porque allá hay más
trabajo y chances de ser actriz.
Ahí estamos, dos
soñadores luchando cuerpo a cuerpo contra sus propios fantasmas. Confesando
sueños que no habrán de cumplirse nunca.
Le pregunto si puedo besarla y se niega con culpa.
Nos abrazamos unos segundos.
Al final del camino no puede disimularse la soledad.
(Texto de "FUIMOS, las memorias del Empresario Rocker")
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