Entonces llegué a La Senda, el bar donde
trabajaba Clarisa.
-¿Puede ser un café?
Me dijo que sí exagerando su amabilidad
mientras sujetaba con la mano una birome que era sostenida por su oreja derecha,
una simple Bic sin capuchón y mordisqueada en la punta trasera. No recuerdo
cuando fue que comencé a pedir cosas en bares o restoranes como preguntas, no
digo de manera afirmativa lo que quiero, sino que lo planteo como una duda, un
tímido deseo, una especie de vulgar y primitiva crisis existencial que me
desnuda desde un primer momento, quiero un café es muy distinto a ¿puede ser un
café?, supongo que lo hago porque en el fondo deseo que algún día algún mozo o
camarera me diga que no, que no puede ser aquello que yo estoy consultando.
-¿Puede ser un licuado de banana?
-Por supuesto que no.
Cuando llegue ese momento solo me quedará
agachar la cabeza, ponerme de pie tratando de hacer el menor ruido posible con
la silla y retirarme sin hacer escándalo, humillado, sabiendo que ya no podré
regresar a esos aposentos, y que esta acción se convertirá en una anécdota
entre los trabajadores del lugar.
-¿Te acordás cuando vino ese tarado con
dudas existenciales a preguntar si podía tomar un licuado de banana?
Quedaría huérfano de bar, con todo lo que
eso implica para un hombre. Un hombre sin bar es un hombre sin vida. Un hombre
sin bar carece de alma, de poesía e ignora la belleza.
Si todo marchaba bien con el correr de los
años me olvidaría de esa vergüenza, aunque no soy de olvidar momentos
vergonzosos. Siempre regresan a mí recuerdos nefastos, como si artísticamente
necesitara del sufrimiento para crear, como si fuesen mi sombra, siempre están
allí para recordarme lo desdichada que puede llegar a ser una vida. Todavía
recuerdo por ejemplo cuando a los siete u ochos años de edad una compañera de
colegio, la más linda, invitó a todo el curso a su fiesta de cumpleaños, mis
padres confundieron el día, creyeron que era un jueves pero la celebración era
un miércoles, entonces esa tarde estaba yo jugando en el barro con mi perra y
mis soldaditos de plástico en el patio trasero de la casa, al percatarse del
error intentaron subsanarlo diciéndome que iría a la fiesta igual, así como
estaba, todo sucio, sin regalo y con olor a perro.
Y ahí estaba yo, con un escaso derecho a
réplica, confiando en el sentido común de los adultos, todo sucio en la fiesta
de cumpleaños de la chica más linda del colegio, sin regalo, con olor a perro y
pidiéndole por favor a su padre que me deje comer un pancho porque tenía
hambre, sucede que salimos tan apurados de mi casa que ni siquiera pude
merendar mi clásico té con galletitas.
Aquella tarde, quizás, me convertí en
hippie, o al menos eso decían mis compañeros al día siguiente. Somos lo que
dicen de nosotros, es una batalla perdida.
-Fue así porque es hippie, y su familia
también.
-Matan gallinas para comer.
Las gallinas, en mi defensa, en realidad
eran del vecino. El viejo estiraba el cuello del animal y lo cortaba con una
cuchilla que usaba como hacha. El cuerpo de la gallina corría unos metros sin
cabeza hasta caer para bañarse en su propio charco de sangre. Luego la
desplumaba, deshuesaba y cocinaba guisos o pucheros.
De adulto pocas veces crucé a esa chica, supongo
que emigró de la ciudad, es educada, me saluda con la complicidad que otorga
haber compartido años de escolaridad. Por la manera en que se viste la imagino
recibida de alguna carrera universitaria, arquitecta o psicóloga. Para mi ella
siempre será la chica más linda del colegio, aunque los años no le sentaron tan
bien, y yo seré para ella el chico que fue sucio a su cumpleaños con olor a
perro y sin regalo.
Clarisa me trajo el café y dijo algo sobre
el clima. Yo dije algo sobre la economía y el clima. ¿Qué haríamos sin el clima
para rellenar silencios incómodos? Miré su cuello y su boca, porque en los
pocos segundos que estuvo frente a mí realizó una mueca con su lengua que me
llamó la atención. Humedecía sus labios y hacía la seña del siete de espadas
del truco.
No tardé en imaginarla desnuda ni en
inventarle una vida. Descubrí su nombre porque una tarde ella no estaba
trabajando, en su lugar me atendió un hombre grande, gordo y pelado, y con la
confianza que nos da la masculinidad (y corriendo el riesgo de meter la pata)
le pregunté por la morocha.
-¿Clarisa? – me dijo.
-No sé el nombre, la que usa calzas con
mandalas de colores.
-Si, Clarisa. Hoy no viene, tenía que
posar para el curso.
-¿Qué curso?
-Trabaja como modelo en vivo para grupos
de arte, hoy le tocaba en el curso de Eusebio.
-¿Eusebio? ¿El viejo?
-Sí.
Eusebio era un artista plástico respetado
más por su trayectoria que por su talento, daba clases los martes, jueves y
sábados a amas de casa aburridas. Me sobraba tiempo y quería ver a Clarisa desnuda
por el simple hecho de verla. Supongo que me generaba morbo ver desnuda a la
persona que me servía el café y me hablaba del clima. Jamás me hubiese
inscripto en un curso de pintura para ver desnuda a la chica que trabaja en la
panadería o el local de ropa de la otra cuadra. Era Clarisa, su forma pausada
de hablar, su suave tono de voz, su mirada siempre distante pero no fría, daba
la sensación de estar siempre pensando en algo, creando, su pelo negro y el
contraste que su pálida piel, ¿tendría tatuajes?, ¿cicatrices? Me gustaba de
ella que utilizaba palabras poco frecuentes para una camarera, se la notaba, o
al menos aparentaba, inteligencia. Una camarera del montón no utilizaría jamás
la palabra “derroche” o “menester”, y mucho menos “parafernalia”. Recuerdo una
tarde de mucho frío, un viejito que siempre se sentaba a leer el diario contra
la ventana le preguntó cuál era la diferencia entre el café expreso y el
colombiano, el café expreso es un disturbio del populismo, dijo, en cambio el
colombiano nos deleita con ráfagas de alma sudamericana. El viejito, abrumado
por la respuesta, pidió un capuchino.
Eusebio era un profesor exigente. Antes de
llegar a los talleres de modelos en vivo uno debía cursar al menos un año, y
aprender determinadas nociones básicas de luces y sombras. También es cierto
que siempre tuve facilidad para dibujar y sus tareas no representaban
obstáculos serios. Inclusive, sin presumir, la verdad es que dibujo mejor que
él.
-¿Por qué nunca pintás tus dibujos?- me
retaba la maestra del colegio.
-Me gustan así.
La veracidad de esta respuesta era que no
teníamos dinero para comprar lápices de colores y mis fibras eran tan baratas
que a los pocos días ya se les secaba la punta y dejaban de funcionar. Mi padre,
la última semana del verano, traía una caja escolar que le daban en el trabajo
con cuadernos, lapiceras, gomas y fibras. Las hojas de los cuadernos eran
transparentes, las lapiceras se reventaban con facilidad y las fibras se
secaban. Las gomas de borrar rompían las hojas. Otra verdad es que los días
jueves en la clase de plástica siempre debían mis compañeros prestarme una hoja
porque yo no tenía, eran hojas especiales, creo que las número cinco, hasta que
llegó el momento que le debía varias hojas a todos y ya nadie quiso prestármelas
y dejé de dibujar.
Aunque no recuerdo ese tormento y
vergüenza con vergüenza, un hombre es un campo de batalla y cada mal trago una
cicatriz, claro que era yo apenas un niño, y que mis mejillas se ponían
coloradas y hasta llegué a llorar en plena clase un par de veces porque todos
dibujaban y yo no, entonces cuando lloraba la chica que se sentaba frente a mí
se apiadaba, o sentía lástima, y me prestaba una hoja con la condición que
debería devolvérselas a todas, en su cuaderno ella anotaba con prolija
caligrafía la cantidad que me iba prestando, una vez conseguimos dinero y
compramos varias hojas en el kiosco de la vuelta, y mi madre me preguntó
cuántas hojas se le debían a esa chica, le debía tantas que todas las hojas que
compramos se las tuve que dar a ella y ella me tuvo que prestar una para la
clase que estaba por comenzar, lo recuerdo simplemente como algo que pasó y ya.
Sin melodramas. Aunque hoy sonrío con cierto grado de nostalgia cuando dibujo
con una pluma importada que lleva gravado mi nombre en su capuchón de acero,
utilizo tinta francesa y hojas de alto gramaje del extranjero.
Acordate de donde saliste, porque ahí
siempre se puede volver.
La primera clase con modelo en vivo fue
poco alentadora. Un amigo del barrio de Eusebio se prestó para exponerse en
bolas frente a las amas de casa aburridas y yo, que versión violenta la de ese
cuerpo, en su juventud el modelo había trabajado de carnicero y le faltaban
tres dedos de la mano izquierda, y tenía varias manchas en su grasosa piel y
gordura mórbida, apenas se le veía la pija por la panza. Eusebio nos pedía que
busquemos allí la belleza, lo hacía con tono jocoso y en complicidad con su
amigo que se reía.
-Busquen la poesía – decía – Busquen, le
faltan dedos, es gordo y se tira pedos. Miren bien, le faltan dientes también,
y el ojo tuerto lo tiene porque tuvo un ACV, pero busquen, nunca dejen de
buscar. A la belleza le gusta esconderse.
Y entonces sucedió la magia, porque
Eusebio era artísticamente mediocre, pero sabía cómo exprimir a sus alumnos. Constantemente
enseñaba simulando no hacerlo, para aprender de él se debía estar muy atento. El
ojo bueno del modelo escondía una historia, tristeza cuando miraba hacia abajo,
esperanza cuando observaba hacia arriba, felicidad si nos miraba de frente. Su
carcajada seca escondía una historia, la de un cuerpo con experiencia, también
escondía una historia el sudor de su frente y su incipiente calvicie.
Simplemente me emocioné ante ese cuerpo, ese cuerpo que alguna vez, como yo
ahora, deseó ver desnuda a una mujer especial, cuerpo al que también sorprendió
una lluvia pasajera en algún momento. Ese cuerpo albergaba un corazón que algún
día dejaría de latir. Las clases con modelos en vivo finalizan con un aplauso,
él se puso de pie y levantó los brazos como los jugadores de fútbol. Al menos,
pensé, hoy llegará a su hogar, y si es que tiene familia tendrá algo para
contar y pasar un buen momento con los suyos.
-¿Puede ser un café con leche hoy?
-Puede ser lo que vos quieras.
La respuesta de Clarisa camuflaba cierto
grado de confianza cliente-camarera. Esa respuesta era un síntoma de mi
cotidianeidad en el bar, pero también denotaba cierto grado de inteligencia
emocional en ella. Había captado mi forma de pedir las cosas, seguramente hasta
estuvo tentada en varias ocasiones en darme una respuesta negativa, sin embargo
había elegido una respuesta mucho más elegante.
-¿Hacés algo a la noche?
Me dijo que no y la invité al cine.
-Están dando los años locos – le dije, me
sonrió porque comprendió la cita musical.
Aunque se negó a ingresar a cualquier
función, decía que el cine comercial carece de sentimiento, y que no iba a alimentar
con su dinero a esa clase de monstruos, que prefería los films independientes y
europeos.
-Odio las sagas y los actores que actúan
de sí mismos.
Sin decirme nada ingresó en un kiosco y
compró una gaseosa, puteó al aire porque no estaba muy fría, decía que la
gracia de las bebidas gasificadas es justamente su frío, caminó unos metros y
se sentó en el cordón de la esquina, desde el suelo bebió del pico y me ofreció
la botella mientras hacía buche. Di un trago y me senté a su lado y de manera
inmediata apoyó su cabeza sobre mi hombro.
-¿Qué hacés cuando no trabajás en el bar?
-Lloro.
Al mirarla de cerca no parecía tan joven.
Cuando iba al bar con mis amigos siempre la mirábamos pero había momentos que
nos conteníamos porque la suponíamos muy joven, inclusive hasta menor de edad,
apostábamos a adivinar su edad, uno decía que apenas si llegaba a los veinte,
otro le daba veinticuatro, yo me llenaba de dudas porque si usaba ropa ajustada
se la veía joven, si sus prendas eran sueltas, en cambio, aparentaba más edad.
Pero ahora podía verle los pequeños pliegues al costado de sus ojos y labios,
su pelo de cerca no era tan negro y hasta se le notaba alguna que otra cana, su
piel no era tan blanca, tenía algunas pecas en sus pómulos y pelos en la nariz.
-¿Y por qué llorás?
Me miró y entristeció de golpe. Sus ojos
se tornaron vidriosos. Bajó la vista y me besó. Las luces rojas y azules de un
patrullero iluminaron ese momento. El local de artesanías que estaba cruzando
la calle pasaba una canción de Estelares a todo volumen desde sus parlantes
musicalizando la zona. Algunos perros callejeros ladraron ante los ruidos del
caño de escape de la moto de algún malandra.
Pasamos así varios meses. En secreto. Yo
le preguntaba si podía tomar un café y ella me decía que no, que iba a tomar lo
que a ella se le ocurriera en el momento. A veces, a modo de chiste entre
nosotros, le dejaba unas pocas monedas de propina o billetes antiguos que ya no
estaban en circulación, luego nos reíamos juntos de los comentarios de sus
compañeros que no paraban de insultarme. Otras veces mis amigos decían alguna
obscenidad sobre ella cuando nos daba la espalda y yo debía seguir el juego.
-Seguro que algún boludo se
la garcha.
-Seguro.
-La debe chupar tremendo.
-Obvio.
A
ella no le gustan los Vengadores, nunca quiso ir al cine a ver una de esas
películas. Aunque argumentaba con pasión las razones de por qué los personajes
de DC son superiores a los de Marvel.
-Bah… superiores – decía – En una lucha
mano a mano los de Marvel se los comen crudos, a lo mejor por eso los de DC son
superiores. No necesitan ganar.
A Clarisa le gustaba hacer el amor los
días impares. Decía que energéticamente el Universo nos proveía más armonía, y
que las noches de luna llena los orgasmos eran un veinte por cientos más
largos. Después del sexo caminaba desnuda hasta su biblioteca y buscaba viejos
y amarillentos ejemplares de libros de poesías, de esos que tienen olor e
historia, me leía, parada frente a mí, pasajes enteros de Las Flores del Mal, o
filosofaba sobre Temporada en el Infierno, parecía no incomodarla su desnudez,
no buscaba provocarme con ella, se movía con naturalidad. Las primeras veces yo
fingía escucharla pero solo la observaba, tenía piernas largas y muy blancas,
un enrulado pero prolijo vello púbico, un tatuaje abstracto en la parte baja de
la espalda, un culo redondo y firme, una mancha en su omoplato derecho, su seno
izquierdo caía más que el otro, y tenía una cicatriz horrible en su codo
derecho.
-Me caí de un árbol de
chiquita y me quebré. Cuando hay humedad me duele.
Nunca le dije que había comenzado un curso
para poder ver su cuerpo desnudo, ella nunca me dijo que posaba desnuda para un
grupo de artistas. Creo que ambos sabíamos que el otro sabía, y eso en cierta
forma era una chispa en nuestra relación.
Con el tiempo me acostumbré a su cuerpo y
dejé de mirarle los pezones cuando leía poesía, ni siquiera le miraba la boca,
por momentos observaba sus ojos leyendo poemas que se sabía de memoria, o tan
solo cerraba mis ojos y me dedicaba a oír su voz, esa voz que apenas unos
minutos antes había estado jadeando en mi oído ahora se emocionaba con
fragmentos de la Divina Comedia. Terminaba de leer y me preguntaba que pensaba.
La poesía es infinita, decía, y le gustaba conocer las interpretaciones de los
demás.
Una noche me pidió que se la chupara.
-¿Te gusta así?
-¿Así como?
-Peludita.
Le dije que sí, y agregué que quienes
gustan de vaginas totalmente depiladas son pedófilos. Ella se rio con fuerza.
-¿Y nunca más te la cruzaste?
-¿A quién?
-A la chica que te prestaba hojas.
-No.
Fue un momento extraño, tenía mi cabeza
entre sus piernas, sus dedos jugaban con el cabello de mi nuca, y ella hurgaba
en recuerdos de otra mujer, como si la verdadera intimidad se tratara de eso, de
conocer historias del otro, exigía saber detalles ínfimos, absurdos, como saber
de qué lado se sentaba, si usaba el pelo suelto o atado, si era más alta que yo.
-¿Alguna vez le regalaste un dibujo?
-No.
Empujó mi cabeza hacia abajo, elevó su
pelvis y dejó de hablar.
Una noche par teníamos que hacer tiempo
para que sea la medianoche y el nuevo día, impar, comience, y no tuve mejor
idea que mostrarle mi carpeta de dibujos y contarle algunas historias de mi
niñez. Tengo un archivo enorme de dibujos. Puedo hasta recordar el momento
exacto en el que dibujé cada uno, si estaba con la televisión encendía o
escuchando música, trabajando o garabateando.
-¿Le agradeciste alguna vez?
-Sí, siempre que me prestaba una hoja le
decía gracias.
-No, pero digo, ¿realmente le agradeciste?
-Si, creo que sí.
-No, pero digo… Si ella no te hubiese
prestado hojas, ¿vos habrías podido desarrollar esta capacidad? – ella miraba
el centenar de dibujos que había sobre la cama, sin saber cuál elegir para
observar bien - Hay actos tan chiquitos que son tan grandes. Ella seguro no se
acuerda que te prestaba hojas, o sí, pero no creo que se sienta responsable de
ser la piedra fundacional de un artista. Seguramente sos solo un vil recuerdo,
si es que se acuerda. De vos se debe acordar, porque todos nos acordamos de
nuestros compañeros de escuela, pero del detalle de las hojas lo dudo. A vos te
daba hojas, a otro a lo mejor le prestó un libro, y alguien a ella quizás le
haya prestado patines o le dijo que cantaba lindo. Uno sin querer puede marcar
el destino de una persona. Darle cosas. ¿No te emociona eso? ¿No te impacta esa
magia?
-¿Qué cosa?
-Que el aleteo de un insecto en Hong Kong
pueda desatar una tempestad en New York.
-¿Puedo darte algo? – me ofrecí.
-Todo, excepto lo que necesito.
-¿Qué necesitás?
-Un poema.
Se recostó y por primera vez desde que
estábamos juntos me dio la espalda y cubrió su cuerpo con la sábana. Tuvo una
tristeza repentina, algo a lo que ya me tenía acostumbrado. Pasaba del éxtasis
a la agonía sin escala previa.
Nuestros encuentros comenzaron a ser cada vez
más esporádicos. Solo nos veíamos los fines de semana, y si el día no era impar
no teníamos sexo y solo nos dedicábamos a intercambiar reflexiones sobre
películas clásicas. Ella afirmaba que Clint Eastwood es mejor que Woody Allen,
y yo, por linda y buena amante que sea una mujer, no puedo permitir semejante
improperio.
-Hizo Los Puentes de Madison – argumentaba
ella.
-Exacto – refutaba yo.
No llegábamos a discutir, es cierto, pero
se generaban largos silencios justamente por no discutir. Ella decía que
Tarantino es un idiota, yo pensaba lo mismo, aunque el origen de esa idiotez
venía de lados diferentes; ella decía que sus películas eran idiotas, yo que
eran grandes films, solo que cuando él habla en una entrevista es un idiota. Ella
amaba a Orson Wells, yo a Stanley Kubrick. A mí me aburren las películas de
Francis Ford Coppola, prefiero a su hija. Ella amaba a Francis y decía que
Sofía es una puta portadora de apellido.
La última vez que lo hicimos fue con la
postura del perrito, ni siquiera nos miramos a los ojos, fingió su orgasmo, yo
exageré el mío, ella había depilado su cuerpo por completo, supe que se estaba
acostando con otra persona a la que seguramente le había realizado la misma
pregunta que a mí, y esta otra persona odiaría el vello púbico. Pero no me
molestaba eso, sentí celos de que otro ser la escuchara recitar a Rimbaud y
Baudelaire.
Dejé de ir al curso de dibujo porque no
quería que ella pensara que estaba allí solo para verla desnuda, y cambié de
bar para eliminar cualquier tipo de posible denuncia por acoso. Las pocas veces
que la crucé en la calle simuló no verme.
La vida continuó su camino. El planeta no
se detuvo. Fuimos simplemente dos amantes más que dejaron de verse entre los
miles de amantes que dejan de verse por día en el mundo. Por cobardía o
comodidad, o quizás por no destrozar algo hermoso, mejor matarlo a tiempo, y
que en el recuerdo quede algo bonito que contar.
Uno de mis amigos dejó embarazada a su
novia más joven que él, su padre, policía a punto de retirarse, envió a que le
propicien una golpiza feroz donde perdió varios dientes y un ojo. Su novia,
asustada, huyó de la ciudad hacia la frontera con Brasil. No supimos de ella
por un largo periodo de tiempo, temimos lo peor, hasta que un día mi amigo
recibió una carta donde ella explicaba con muy pocas palabras que el embarazo
lo había perdido y que ahora vivía feliz en una comunidad en la montaña. Él intentó
contactarla, ir a buscarla, pero solo recibió otra golpiza y varias amenazas de
muerte. Conoció a una chica que trabajaba en una ONG anti sectas, se enamoraron
y desde entonces viven juntos con deseos de formar una familia. Se olvidaron de
las sectas y sus víctimas.
Otro de mis amigos ganó una fortuna
apostando a los caballos en una página web, compró un nuevo auto, luego otro, pagó
innumerables fiestas con mujeres hermosas, bebidas añejas, drogas de diseño y
bandas en vivo. Debieron operarlo de urgencia de apendicitis, casi se muere, se
asustó tanto que abandonó la vida promiscua en la que estaba sumergido, dijo
que quería vivir tranquilo e invirtió todo su dinero en cripto monedas, pero
una burbuja explotó sin previo aviso y perdió todo. Ahora es alcohólico y vive
de la ayuda comunitaria del comedor de la iglesia del barrio.
Yo también continué viviendo y juntando
historias, de eso se trata la vida, el que junta más historias gana, aunque no
hay ningún premio para el vencedor. Debieron extirparme la vesícula por la mala
alimentación, y conseguí que me medicaran con recetas rosas para combatir mi
ansiedad e insomnio. Me acosté algunas veces con la chica que vende libros en
la playa pero la cambiaron de sucursal a la librería del centro al poco tiempo,
ella se negaba a pagar los ochenta pesos que costaba el colectivo para venir a
mi casa, yo no podía ir a su casa porque aún vivía con sus padres y dejamos de
vernos, de todas formas esa relación no tenía futuro, ella gusta de Borges, yo
de Sábato. Fui rechazado por la camarera del nuevo bar en dos oportunidades y una
por la vendedora de ropas de yoga. Cambié mi estilo de dibujo y comencé a ver
series por streaming, productos de los que siempre renegué. La soledad nos
cambia tan lentamente que cuando nos miramos al espejo luego de un tiempo somos
otra persona completamente distinta, y lo peor es que no nos dimos cuenta. Entonces,
solo entonces, pensaba en Clarisa.
-Si me viera mirando esto me mata.
Una tarde en el nuevo bar les confesé a
mis amigos que había mantenido una aventura de algunas semanas con Clarisa. No
me creyeron. No los culpo, yo tampoco me hubiese creído.
-Claro que sí campeón, claro que sí.
-¿Clarisa? ¿La de La Senda?
Un proveedor de hamburguesas encargado de
repartir en varios bares escuchó la conversación y sintió intriga. Al parecer
conocía bastante a la camarera como para recordar su nombre.
-Sí.
-Ya no trabaja más ahí – dijo el proveedor
con la naturalidad de las personas que trabajan en la calle mientras firmaba
una boleta – Una pena. Ganó un concurso de poesías, se va a ir a vivir a la
Capital el año que viene, cuando publiquen el poema.
-¿Va a sacar un libro?
-Sí, pero es una antología de varios
autores. Dice que tiene una amiga que le consigue trabajo allá, en un restorán
chino o algo así.
El proveedor buscó en su teléfono móvil un
archivo.
-Mirá – me mostró – Con este poema ganó el
concurso. Si vas a La Senda lo tienen hecho cuadrito colgado en la pared del
pasillo.
El poema se titulaba “El chico que
dibujaba en hojas prestadas”.
Y sentí la emoción a la que Clarisa hacía
referencia en sus delirios poéticos. Me embriagó la magia. Oí el aleteo del
insecto y sonreí entre lágrimas esperando por la tempestad.
Anahí, la chica que me prestaba hojas en
el colegio se llamaba Anahí.
SEGUIME EN TONGA RAMONE!

