jueves, 31 de agosto de 2023

LA VENTANA



Ruido: Sonido sin armonía o discordante. Perturbación en un sistema de comunicación que interfiere o previene la recepción de una señal o de un mensaje.

A veces me invitan a alguna fiesta por compromiso.

-Cumple años Colapso, nos vamos a juntar en el bar de siempre, ¿venís?

Miro a mis pies, varios Conejitos me rodean, golpeo sutilmente mi frente con el tubo del teléfono fijo, si me voy nadie cuidará de ellos, romperían todo el departamento, pero como no confío completamente en la existencia física de los Conejitos no digo nada, prefiero no mencionarlos en público para no levantar sospechas, solo agradezco la invitación y digo que mejor lo dejamos para una próxima ocasión.

Me invitan sabiendo que no voy a ir porque saben que me ofendo si no me invitan.

Tengo Fonofobia, los sonidos fuertes o inesperados me generan un estado de ansia difícil de disolver. Mi habitación tiene paneles acústicos en sus paredes, como las radios.

-Él le tiene miedo al ruido – decían en el colegio. No hizo falta mucho más, el apodo surgió solo.

Ruido.

De la misma forma le pusimos Colapso a Colapso. Ella siempre se ponía tan nerviosa antes de rendir una lección oral que colapsaba y finalizaba su estadía en el colegio en el baño, llorando y vomitando, rodeada de maestras que le decían que todo iba a estar bien.

Eran otros tiempos. La gente no se ofendía con tanta prisa como hoy, podíamos decirle gordo al gordo, flaco al flaco y loco al loco. Hoy llamar a alguien por el nombre de su trastorno sería considerado bullying. Terminaríamos en el gabinete psicológico de la institución educativa haciendo algún curso de empatía, o viralizados en las redes sociales como malas gentes.

A veces sueño con Fiebre, o creo soñar con ella.

A veces confundo sueños con imaginación.

¿Imaginar es el equivalente a soñar despierto?

Tengo hambre y pido una pizza grande al delivery. Tengo pensado entablar una conversación con el muchacho del reparto, le hablaré de fútbol, haré algún chiste sobre chicas, prestaré atención a su vestimenta, allí hay información sobre la cual sacar algún tema de conversación, algún parche de alguna banda, alguna marca, quizás tenga marihuana y pueda invitarlo a comer la pizza conmigo mientras miramos los Simpson.

-Son dos mis setecientos pesos.

Le doy tres billetes de mil. Le digo que se quede con el cambio. Cierro la puerta. Fracaso estrepitosamente en la intención de relacionarme con gente del afuera. Lo veo por la ventana chequeando la nueva dirección de entrega, se aleja en su moto.

Sonrío. ¿Entablar una nueva relación con un desconocido? ¿Yo? Ni siquiera sé el nombre de la chica de la panadería de la esquina donde compro pan hace quince años, solo sé que se parece a Avril Lavigne. Cuando trabaja en el turno de la tarde la veo llegar, la ventana da a la avenida, se baja del colectivo y camina media cuadra.

Pienso que la ventana es como un televisor que me muestra historias. La chica de la panadería, el chico del delivery, el perro del vecino, los gatos del barrio, los desconocidos con miradas tristes.

Miro, por aburrimiento, una película sobre una hacker, es de producción Holandesa (Países Bajos le dicen ahora), no fue la gran cosa, guion predecible, actuaciones estándar, no hay escenas de sexo. Termino con una extraña sensación, no sé si desperdicié una hora y media de mi vida o si estuve entretenido durante noventa minutos. Al final de cuentas, si no hubiese mirado la película, ¿hubiese hecho algo productivo?

Entonces leo páginas al azar de un libro random de mi biblioteca. Cuento los taxis que pasan por la avenida. Hago una lista de las mujeres que besé, siempre me olvido de la chica del verano en que Ando Ganas de los Piojos fue un hit. Fiebre forma parte de esa lista. Me pregunto qué estará haciendo en el bar, Colapso no escatima en alcohol cuando de festejos se trata, deben estar con Insomnio y Silencio hablando de mí.

Ahora cuento a la gente que pasa en bicicleta.

A los que caminan.

Si mi mirada se cruza con la de alguien levanto la mano para saludarlo, algunos responden al saludo, para los demás debo ser el Loco de la Ventana, no saben que ya tengo un apodo.

Ruido.

Los Conejitos no están, a veces se esconden.

Cuento las luces encendidas del edifico de la otra cuadra.

Hago una lista mental ordenada alfabéticamente de los Villanos de Batman, me olvido del Espantapájaros, tengo que volver a empezar.

Un perro ladra por una alarma que incomoda al vecindario.

Cierro la ventana.

Sueño con Fiebre, o creo que es un sueño.

Me habla.

-¿Estás despierto? – pregunta.

Y yo…

La verdad…

No lo sé.

viernes, 2 de junio de 2023

COSAS SOBRE MI




-Me llamo Gastón Ezequiel, intenté demandar a mis padres por el segundo nombre, pero mis abogados me dijeron que legalmente no puedo hacer nada.
-Mi signo Solar es Capricornio. Mi signo Lunar es Capricornio. Tengo el Ascendente en Capricornio. Eso explicaría casi todo.
-Soy hincha de Rosario Central (válido como confesión de autoflagelación)
-Los Ramones son mi banda preferida.
-Spiderman y Batman son mis héroes preferidos.
-Mi villano preferido es el Joker.
-Perdidos en Tokio (lost in traslation) de Sofía Coppola, es mi película preferida.
-Odio Los Puentes de Madison y el Martín Fierro.
-Cuando era chiquito usé a mi perro como caballo, me caí y me descoloqué el codo, no recuerdo si el derecho o el izquierdo. (en realidad esto no lo recuerdo, me lo contaron)
-Nunca me fracturé un hueso, pero tuve varios esguinces de tobillos y muñecas, y dos veces distensión en los ligamentos de las rodillas.
-Mi dedo del Fuck You de la mano derecha está deforme porque una vez me lo agarré con una puerta de chapa.
-Me dejé de hablar con mi mejor amiga por culpa de unos huevos revueltos.
-Nunca entendí al flaco Spinetta.
-Soy Instructor de Yoga Integral y Meditación.
-Amo el color amarillo, pero dibujo con tinta negra.
-Publiqué cuatro novelas, Locura, Tequila, Los labios de Mona Lisa y Ceremonia; y dos libros de poemas y textos cortos, La Libertad de la Poesía y Sobre Bares, Cines y Sombras. Para editar varios de estos libros tuve que fundar una editorial que se llama Ediciones Relax.
-Edité cuatros discos, dos de Electro Techno House, Blue y Blood, y dos de poesías recitadas, Viajecito y Zumbidos. Para editar estos discos tuve que montar un estudio de grabación que se llama Mad Room, y fundar un sello discográfico que lleva el mismo nombre.
-Soy CoFundador del Vicky’s Books, un Fanzine literario que llegó a ganar el premio al Mejor Fanzine del Mundo.
-Hice el arte de discos para bandas de Uruguay, México y Argentina.
-Mis dibujos han llegado a estar en portadas de revistas en España y Chile.
-Mi Arcano personal es el Ermitaño.
-Tengo nociones básicas del Tarot.
-Soy un Mago del Caos (con el peligro que eso implica)
-El Cura que me dio la Primera Comunión me dijo que soy un Pagano.
-Tuve varicela.
-Soy Anti Vacuna.
-Padezco insomnio desde que tengo uso de razón, para mí que tengo un daño neurológico. Mi súper poder es el de no dormir.
-Me gusta tener cuadernos, libretas y hojas para escribir y dibujar aunque no las utilice porque de chiquito no tenía hojas ni para llevar al colegio. ¿Traumado yo?
-Escucho a Brtiney Spears, Belinda y Miranda. Vengan de a uno.
-Pienso que los Beatles son una mentira.
-Tengo dos tatuajes, el símbolo de Los Piojos y el símbolo de Callejeros, dos bandas de rock de Argentina.
-Mi novela preferida es Sobre Héroes y Tumbas.
-Mi poeta preferida (poetisa en realidad) es Alejandra Pizarnik.
-Crecí leyendo a Allan Poe, Baudelaire y Rimbaud. ¿Qué esperaban?
-Crecí mirando Noti Dormi y Orsai, la Leyenda Continúa. ¿Qué esperaban?
-Mi influencia artística más grande, por escándalo, proviene del cine. De chiquito mis papás me dejaban solo en el cine unas diez o doce horas por fin de semana. También intenté demandarlos por esto, pero mis abogados no encuentran el vericueto legal para proceder.
-Tuve Neumonía, Gripe A y Covid dos veces.
-Colecciono discos (CDs y Vinilos), Comics, Mangas, Muñequitos y Mazos de Tarot. Algún vacío debo querer llenar.
-Vi el Amanecer en la playa una sola vez. No es la gran cosa, solo tiene buena prensa.
-No estuve en Cromagnon solo porque Callejeros iba a tocar diez días después en Villa Gesell y me quedaba más cerca.
-Cuando Los Piojos tocaron en Ferro en el 2004 me quemaron la cabeza con una bengala.
-Mi director preferido es Kubrick pero el que cuenta mejores historia es Woody Allen.
-Aprendí a leer música a los ocho años.
-En La Plata el Indio Solari me hizo un exorcismo cantando Juguetes Perdidos y me sacó el Demonio del cuerpo.
-A veces no como porque me da paja cocinar.
-Cuando viajo siempre llevo un libro que nunca leo y una armónica que nunca toco.
-James Gunn va a quedar en la historia grande del cine, todo se equilibra al final.
-Tengo una fuerte recomendación médica, prohibición prácticamente, de no tomar café, no tocar el piano y no pintar con óleos.
-Convivo desde hace varios años con un severo y trágico cuadro de ataques de Ansiedad y Pánico, motivo por el cual varias veces ni siquiera puedo salir a la calle.
-A veces tomo pastillas para dormir, pero creo que soy inmune. (otro súper poder)
-No disfruté tanto de los títulos de la Copa América y el Mundial de Qatar, no hay poesía en la victoria.
-A veces sueño con el Diablo.
-Le tengo fobia a los espejos.
-Vivo con el celular en silencio y podría vivir con el celular apagado.
-Una vez me intoxiqué con aceite de Lino.
-No me gustan las aceitunas.
-Pienso que Miami es grasa.
-Prefiero el frío por sobre el calor.
-No vi Harry Potter.
-No suelo dar entrevistas aunque me las piden todo el tiempo.
-Por alguna razón que desconozco la gente suele confesarme sus secretos y trágicas historias.
-El mate lo tomo dulce o amargo, me resulta igual.
-Una vez una chica me dijo que soy un histérico.
-Sé que dibujo bien aunque me gusta decir que no.
-En la escuela primaria me desmayaba sin razón alguna.
-En la escuela secundaria no aprendí tres carajos.
-No como pescado ni nada que salga del río o mar. ¿Y peces criados en piletas? No, tampoco.
-Nunca viajé en avión.
-Hago fotografías.
-Maradona es mejor que Messi.
-Los Redondos son mejores que Soda Stereo.
-Menotti y Bilardo, en realidad, no se diferencian demasiado.
-Cortázar está sobrevalorado.
-No me compro ropa, si no me la regalan andaría vestido con harapos.
-Me corto el pelo solo desde que tengo catorce años, aunque una vez por año aproximadamente voy al peluquero a que corrija el desastre.
-Compro libros que sé que nunca voy a leer solo porque la tapa me parece bonita.
-Puedo entender bastante el idioma Inglés y muy bien el Italiano.
-El cine Argentino es feo.
-Soy el creador de Lucy, el Punga, Uke y Punkito, personajes que son de tiras cómicas y reflexivas que salen cada tanto.
-No me gustan las frutas en las tortas.
-Generalmente no muestro mis ojos en público, los cubro con gafas.
-No me gusta la cerveza, ni el vino, ni el whisky.
-Odio el mondongo.

MÄS EN Tonga Ramone

miércoles, 14 de diciembre de 2022

EL ALETEO DEL INSECTO.

            Conocí a Clarisa hace algunos años en un bar de la periferia céntrica, recuerdo haber llegado allí de casualidad porque una tormenta repentina me sorprendió con sus potentes ráfagas de viento y sus cantidades desmesuradas de agua. Yo iba como el resto de la gente sin paraguas, algunas de esas gentes comenzaron torpemente a correr en dirección del techo más cercano, idiotas, como si eso los salvaguardara del viento y del agua que nos atacaba, se trataba de esa clase de tormentas que mojan de costado. Otros seres, los más soñadores o resignados, como yo, no apresuramos nuestro paso, nos entregamos a nuestra suerte y aceptamos con gloriosa resignación que nos mojaríamos como un perro.

Entonces llegué a La Senda, el bar donde trabajaba Clarisa.

-¿Puede ser un café?

Me dijo que sí exagerando su amabilidad mientras sujetaba con la mano una birome que era sostenida por su oreja derecha, una simple Bic sin capuchón y mordisqueada en la punta trasera. No recuerdo cuando fue que comencé a pedir cosas en bares o restoranes como preguntas, no digo de manera afirmativa lo que quiero, sino que lo planteo como una duda, un tímido deseo, una especie de vulgar y primitiva crisis existencial que me desnuda desde un primer momento, quiero un café es muy distinto a ¿puede ser un café?, supongo que lo hago porque en el fondo deseo que algún día algún mozo o camarera me diga que no, que no puede ser aquello que yo estoy consultando.

-¿Puede ser un licuado de banana?

-Por supuesto que no.

Cuando llegue ese momento solo me quedará agachar la cabeza, ponerme de pie tratando de hacer el menor ruido posible con la silla y retirarme sin hacer escándalo, humillado, sabiendo que ya no podré regresar a esos aposentos, y que esta acción se convertirá en una anécdota entre los trabajadores del lugar.

-¿Te acordás cuando vino ese tarado con dudas existenciales a preguntar si podía tomar un licuado de banana?

Quedaría huérfano de bar, con todo lo que eso implica para un hombre. Un hombre sin bar es un hombre sin vida. Un hombre sin bar carece de alma, de poesía e ignora la belleza.





Si todo marchaba bien con el correr de los años me olvidaría de esa vergüenza, aunque no soy de olvidar momentos vergonzosos. Siempre regresan a mí recuerdos nefastos, como si artísticamente necesitara del sufrimiento para crear, como si fuesen mi sombra, siempre están allí para recordarme lo desdichada que puede llegar a ser una vida. Todavía recuerdo por ejemplo cuando a los siete u ochos años de edad una compañera de colegio, la más linda, invitó a todo el curso a su fiesta de cumpleaños, mis padres confundieron el día, creyeron que era un jueves pero la celebración era un miércoles, entonces esa tarde estaba yo jugando en el barro con mi perra y mis soldaditos de plástico en el patio trasero de la casa, al percatarse del error intentaron subsanarlo diciéndome que iría a la fiesta igual, así como estaba, todo sucio, sin regalo y con olor a perro.

Y ahí estaba yo, con un escaso derecho a réplica, confiando en el sentido común de los adultos, todo sucio en la fiesta de cumpleaños de la chica más linda del colegio, sin regalo, con olor a perro y pidiéndole por favor a su padre que me deje comer un pancho porque tenía hambre, sucede que salimos tan apurados de mi casa que ni siquiera pude merendar mi clásico té con galletitas.

Aquella tarde, quizás, me convertí en hippie, o al menos eso decían mis compañeros al día siguiente. Somos lo que dicen de nosotros, es una batalla perdida.

-Fue así porque es hippie, y su familia también.

-Matan gallinas para comer.

Las gallinas, en mi defensa, en realidad eran del vecino. El viejo estiraba el cuello del animal y lo cortaba con una cuchilla que usaba como hacha. El cuerpo de la gallina corría unos metros sin cabeza hasta caer para bañarse en su propio charco de sangre. Luego la desplumaba, deshuesaba y cocinaba guisos o pucheros.

De adulto pocas veces crucé a esa chica, supongo que emigró de la ciudad, es educada, me saluda con la complicidad que otorga haber compartido años de escolaridad. Por la manera en que se viste la imagino recibida de alguna carrera universitaria, arquitecta o psicóloga. Para mi ella siempre será la chica más linda del colegio, aunque los años no le sentaron tan bien, y yo seré para ella el chico que fue sucio a su cumpleaños con olor a perro y sin regalo.

Clarisa me trajo el café y dijo algo sobre el clima. Yo dije algo sobre la economía y el clima. ¿Qué haríamos sin el clima para rellenar silencios incómodos? Miré su cuello y su boca, porque en los pocos segundos que estuvo frente a mí realizó una mueca con su lengua que me llamó la atención. Humedecía sus labios y hacía la seña del siete de espadas del truco.

No tardé en imaginarla desnuda ni en inventarle una vida. Descubrí su nombre porque una tarde ella no estaba trabajando, en su lugar me atendió un hombre grande, gordo y pelado, y con la confianza que nos da la masculinidad (y corriendo el riesgo de meter la pata) le pregunté por la morocha.

-¿Clarisa? – me dijo.

-No sé el nombre, la que usa calzas con mandalas de colores.

-Si, Clarisa. Hoy no viene, tenía que posar para el curso.

-¿Qué curso?

-Trabaja como modelo en vivo para grupos de arte, hoy le tocaba en el curso de Eusebio.

-¿Eusebio? ¿El viejo?

-Sí.

Eusebio era un artista plástico respetado más por su trayectoria que por su talento, daba clases los martes, jueves y sábados a amas de casa aburridas. Me sobraba tiempo y quería ver a Clarisa desnuda por el simple hecho de verla. Supongo que me generaba morbo ver desnuda a la persona que me servía el café y me hablaba del clima. Jamás me hubiese inscripto en un curso de pintura para ver desnuda a la chica que trabaja en la panadería o el local de ropa de la otra cuadra. Era Clarisa, su forma pausada de hablar, su suave tono de voz, su mirada siempre distante pero no fría, daba la sensación de estar siempre pensando en algo, creando, su pelo negro y el contraste que su pálida piel, ¿tendría tatuajes?, ¿cicatrices? Me gustaba de ella que utilizaba palabras poco frecuentes para una camarera, se la notaba, o al menos aparentaba, inteligencia. Una camarera del montón no utilizaría jamás la palabra “derroche” o “menester”, y mucho menos “parafernalia”. Recuerdo una tarde de mucho frío, un viejito que siempre se sentaba a leer el diario contra la ventana le preguntó cuál era la diferencia entre el café expreso y el colombiano, el café expreso es un disturbio del populismo, dijo, en cambio el colombiano nos deleita con ráfagas de alma sudamericana. El viejito, abrumado por la respuesta, pidió un capuchino.

Eusebio era un profesor exigente. Antes de llegar a los talleres de modelos en vivo uno debía cursar al menos un año, y aprender determinadas nociones básicas de luces y sombras. También es cierto que siempre tuve facilidad para dibujar y sus tareas no representaban obstáculos serios. Inclusive, sin presumir, la verdad es que dibujo mejor que él.

-¿Por qué nunca pintás tus dibujos?- me retaba la maestra del colegio.

-Me gustan así.

La veracidad de esta respuesta era que no teníamos dinero para comprar lápices de colores y mis fibras eran tan baratas que a los pocos días ya se les secaba la punta y dejaban de funcionar. Mi padre, la última semana del verano, traía una caja escolar que le daban en el trabajo con cuadernos, lapiceras, gomas y fibras. Las hojas de los cuadernos eran transparentes, las lapiceras se reventaban con facilidad y las fibras se secaban. Las gomas de borrar rompían las hojas. Otra verdad es que los días jueves en la clase de plástica siempre debían mis compañeros prestarme una hoja porque yo no tenía, eran hojas especiales, creo que las número cinco, hasta que llegó el momento que le debía varias hojas a todos y ya nadie quiso prestármelas y dejé de dibujar.

Aunque no recuerdo ese tormento y vergüenza con vergüenza, un hombre es un campo de batalla y cada mal trago una cicatriz, claro que era yo apenas un niño, y que mis mejillas se ponían coloradas y hasta llegué a llorar en plena clase un par de veces porque todos dibujaban y yo no, entonces cuando lloraba la chica que se sentaba frente a mí se apiadaba, o sentía lástima, y me prestaba una hoja con la condición que debería devolvérselas a todas, en su cuaderno ella anotaba con prolija caligrafía la cantidad que me iba prestando, una vez conseguimos dinero y compramos varias hojas en el kiosco de la vuelta, y mi madre me preguntó cuántas hojas se le debían a esa chica, le debía tantas que todas las hojas que compramos se las tuve que dar a ella y ella me tuvo que prestar una para la clase que estaba por comenzar, lo recuerdo simplemente como algo que pasó y ya. Sin melodramas. Aunque hoy sonrío con cierto grado de nostalgia cuando dibujo con una pluma importada que lleva gravado mi nombre en su capuchón de acero, utilizo tinta francesa y hojas de alto gramaje del extranjero.

Acordate de donde saliste, porque ahí siempre se puede volver.

La primera clase con modelo en vivo fue poco alentadora. Un amigo del barrio de Eusebio se prestó para exponerse en bolas frente a las amas de casa aburridas y yo, que versión violenta la de ese cuerpo, en su juventud el modelo había trabajado de carnicero y le faltaban tres dedos de la mano izquierda, y tenía varias manchas en su grasosa piel y gordura mórbida, apenas se le veía la pija por la panza. Eusebio nos pedía que busquemos allí la belleza, lo hacía con tono jocoso y en complicidad con su amigo que se reía.

-Busquen la poesía – decía – Busquen, le faltan dedos, es gordo y se tira pedos. Miren bien, le faltan dientes también, y el ojo tuerto lo tiene porque tuvo un ACV, pero busquen, nunca dejen de buscar. A la belleza le gusta esconderse.

Y entonces sucedió la magia, porque Eusebio era artísticamente mediocre, pero sabía cómo exprimir a sus alumnos. Constantemente enseñaba simulando no hacerlo, para aprender de él se debía estar muy atento. El ojo bueno del modelo escondía una historia, tristeza cuando miraba hacia abajo, esperanza cuando observaba hacia arriba, felicidad si nos miraba de frente. Su carcajada seca escondía una historia, la de un cuerpo con experiencia, también escondía una historia el sudor de su frente y su incipiente calvicie. Simplemente me emocioné ante ese cuerpo, ese cuerpo que alguna vez, como yo ahora, deseó ver desnuda a una mujer especial, cuerpo al que también sorprendió una lluvia pasajera en algún momento. Ese cuerpo albergaba un corazón que algún día dejaría de latir. Las clases con modelos en vivo finalizan con un aplauso, él se puso de pie y levantó los brazos como los jugadores de fútbol. Al menos, pensé, hoy llegará a su hogar, y si es que tiene familia tendrá algo para contar y pasar un buen momento con los suyos.

-¿Puede ser un café con leche hoy?

-Puede ser lo que vos quieras.

La respuesta de Clarisa camuflaba cierto grado de confianza cliente-camarera. Esa respuesta era un síntoma de mi cotidianeidad en el bar, pero también denotaba cierto grado de inteligencia emocional en ella. Había captado mi forma de pedir las cosas, seguramente hasta estuvo tentada en varias ocasiones en darme una respuesta negativa, sin embargo había elegido una respuesta mucho más elegante.

-¿Hacés algo a la noche?

Me dijo que no y la invité al cine.

-Están dando los años locos – le dije, me sonrió porque comprendió la cita musical.

Aunque se negó a ingresar a cualquier función, decía que el cine comercial carece de sentimiento, y que no iba a alimentar con su dinero a esa clase de monstruos, que prefería los films independientes y europeos.

-Odio las sagas y los actores que actúan de sí mismos.

Sin decirme nada ingresó en un kiosco y compró una gaseosa, puteó al aire porque no estaba muy fría, decía que la gracia de las bebidas gasificadas es justamente su frío, caminó unos metros y se sentó en el cordón de la esquina, desde el suelo bebió del pico y me ofreció la botella mientras hacía buche. Di un trago y me senté a su lado y de manera inmediata apoyó su cabeza sobre mi hombro.

-¿Qué hacés cuando no trabajás en el bar?

-Lloro.

Al mirarla de cerca no parecía tan joven. Cuando iba al bar con mis amigos siempre la mirábamos pero había momentos que nos conteníamos porque la suponíamos muy joven, inclusive hasta menor de edad, apostábamos a adivinar su edad, uno decía que apenas si llegaba a los veinte, otro le daba veinticuatro, yo me llenaba de dudas porque si usaba ropa ajustada se la veía joven, si sus prendas eran sueltas, en cambio, aparentaba más edad. Pero ahora podía verle los pequeños pliegues al costado de sus ojos y labios, su pelo de cerca no era tan negro y hasta se le notaba alguna que otra cana, su piel no era tan blanca, tenía algunas pecas en sus pómulos y pelos en la nariz.

-¿Y por qué llorás?

Me miró y entristeció de golpe. Sus ojos se tornaron vidriosos. Bajó la vista y me besó. Las luces rojas y azules de un patrullero iluminaron ese momento. El local de artesanías que estaba cruzando la calle pasaba una canción de Estelares a todo volumen desde sus parlantes musicalizando la zona. Algunos perros callejeros ladraron ante los ruidos del caño de escape de la moto de algún malandra.

Pasamos así varios meses. En secreto. Yo le preguntaba si podía tomar un café y ella me decía que no, que iba a tomar lo que a ella se le ocurriera en el momento. A veces, a modo de chiste entre nosotros, le dejaba unas pocas monedas de propina o billetes antiguos que ya no estaban en circulación, luego nos reíamos juntos de los comentarios de sus compañeros que no paraban de insultarme. Otras veces mis amigos decían alguna obscenidad sobre ella cuando nos daba la espalda y yo debía seguir el juego.

-Seguro que algún boludo se la garcha.

-Seguro.

-La debe chupar tremendo.

-Obvio.

 A ella no le gustan los Vengadores, nunca quiso ir al cine a ver una de esas películas. Aunque argumentaba con pasión las razones de por qué los personajes de DC son superiores a los de Marvel.

-Bah… superiores – decía – En una lucha mano a mano los de Marvel se los comen crudos, a lo mejor por eso los de DC son superiores. No necesitan ganar.

A Clarisa le gustaba hacer el amor los días impares. Decía que energéticamente el Universo nos proveía más armonía, y que las noches de luna llena los orgasmos eran un veinte por cientos más largos. Después del sexo caminaba desnuda hasta su biblioteca y buscaba viejos y amarillentos ejemplares de libros de poesías, de esos que tienen olor e historia, me leía, parada frente a mí, pasajes enteros de Las Flores del Mal, o filosofaba sobre Temporada en el Infierno, parecía no incomodarla su desnudez, no buscaba provocarme con ella, se movía con naturalidad. Las primeras veces yo fingía escucharla pero solo la observaba, tenía piernas largas y muy blancas, un enrulado pero prolijo vello púbico, un tatuaje abstracto en la parte baja de la espalda, un culo redondo y firme, una mancha en su omoplato derecho, su seno izquierdo caía más que el otro, y tenía una cicatriz horrible en su codo derecho.

-Me caí de un árbol de chiquita y me quebré. Cuando hay humedad me duele.

Nunca le dije que había comenzado un curso para poder ver su cuerpo desnudo, ella nunca me dijo que posaba desnuda para un grupo de artistas. Creo que ambos sabíamos que el otro sabía, y eso en cierta forma era una chispa en nuestra relación.

Con el tiempo me acostumbré a su cuerpo y dejé de mirarle los pezones cuando leía poesía, ni siquiera le miraba la boca, por momentos observaba sus ojos leyendo poemas que se sabía de memoria, o tan solo cerraba mis ojos y me dedicaba a oír su voz, esa voz que apenas unos minutos antes había estado jadeando en mi oído ahora se emocionaba con fragmentos de la Divina Comedia. Terminaba de leer y me preguntaba que pensaba. La poesía es infinita, decía, y le gustaba conocer las interpretaciones de los demás.

Una noche me pidió que se la chupara.

-¿Te gusta así?

-¿Así como?

-Peludita.

Le dije que sí, y agregué que quienes gustan de vaginas totalmente depiladas son pedófilos. Ella se rio con fuerza.

-¿Y nunca más te la cruzaste?

-¿A quién?

-A la chica que te prestaba hojas.

-No.

Fue un momento extraño, tenía mi cabeza entre sus piernas, sus dedos jugaban con el cabello de mi nuca, y ella hurgaba en recuerdos de otra mujer, como si la verdadera intimidad se tratara de eso, de conocer historias del otro, exigía saber detalles ínfimos, absurdos, como saber de qué lado se sentaba, si usaba el pelo suelto o atado, si era más alta que yo.

-¿Alguna vez le regalaste un dibujo?

-No.

Empujó mi cabeza hacia abajo, elevó su pelvis y dejó de hablar.

Una noche par teníamos que hacer tiempo para que sea la medianoche y el nuevo día, impar, comience, y no tuve mejor idea que mostrarle mi carpeta de dibujos y contarle algunas historias de mi niñez. Tengo un archivo enorme de dibujos. Puedo hasta recordar el momento exacto en el que dibujé cada uno, si estaba con la televisión encendía o escuchando música, trabajando o garabateando.

-¿Le agradeciste alguna vez?

-Sí, siempre que me prestaba una hoja le decía gracias.

-No, pero digo, ¿realmente le agradeciste?

-Si, creo que sí.

-No, pero digo… Si ella no te hubiese prestado hojas, ¿vos habrías podido desarrollar esta capacidad? – ella miraba el centenar de dibujos que había sobre la cama, sin saber cuál elegir para observar bien - Hay actos tan chiquitos que son tan grandes. Ella seguro no se acuerda que te prestaba hojas, o sí, pero no creo que se sienta responsable de ser la piedra fundacional de un artista. Seguramente sos solo un vil recuerdo, si es que se acuerda. De vos se debe acordar, porque todos nos acordamos de nuestros compañeros de escuela, pero del detalle de las hojas lo dudo. A vos te daba hojas, a otro a lo mejor le prestó un libro, y alguien a ella quizás le haya prestado patines o le dijo que cantaba lindo. Uno sin querer puede marcar el destino de una persona. Darle cosas. ¿No te emociona eso? ¿No te impacta esa magia?

-¿Qué cosa?

-Que el aleteo de un insecto en Hong Kong pueda desatar una tempestad en New York.

-¿Puedo darte algo? – me ofrecí.

-Todo, excepto lo que necesito.

-¿Qué necesitás?

-Un poema.

Se recostó y por primera vez desde que estábamos juntos me dio la espalda y cubrió su cuerpo con la sábana. Tuvo una tristeza repentina, algo a lo que ya me tenía acostumbrado. Pasaba del éxtasis a la agonía sin escala previa.

Nuestros encuentros comenzaron a ser cada vez más esporádicos. Solo nos veíamos los fines de semana, y si el día no era impar no teníamos sexo y solo nos dedicábamos a intercambiar reflexiones sobre películas clásicas. Ella afirmaba que Clint Eastwood es mejor que Woody Allen, y yo, por linda y buena amante que sea una mujer, no puedo permitir semejante improperio.

-Hizo Los Puentes de Madison – argumentaba ella.

-Exacto – refutaba yo.

No llegábamos a discutir, es cierto, pero se generaban largos silencios justamente por no discutir. Ella decía que Tarantino es un idiota, yo pensaba lo mismo, aunque el origen de esa idiotez venía de lados diferentes; ella decía que sus películas eran idiotas, yo que eran grandes films, solo que cuando él habla en una entrevista es un idiota. Ella amaba a Orson Wells, yo a Stanley Kubrick. A mí me aburren las películas de Francis Ford Coppola, prefiero a su hija. Ella amaba a Francis y decía que Sofía es una puta portadora de apellido.

La última vez que lo hicimos fue con la postura del perrito, ni siquiera nos miramos a los ojos, fingió su orgasmo, yo exageré el mío, ella había depilado su cuerpo por completo, supe que se estaba acostando con otra persona a la que seguramente le había realizado la misma pregunta que a mí, y esta otra persona odiaría el vello púbico. Pero no me molestaba eso, sentí celos de que otro ser la escuchara recitar a Rimbaud y Baudelaire.

Dejé de ir al curso de dibujo porque no quería que ella pensara que estaba allí solo para verla desnuda, y cambié de bar para eliminar cualquier tipo de posible denuncia por acoso. Las pocas veces que la crucé en la calle simuló no verme.

La vida continuó su camino. El planeta no se detuvo. Fuimos simplemente dos amantes más que dejaron de verse entre los miles de amantes que dejan de verse por día en el mundo. Por cobardía o comodidad, o quizás por no destrozar algo hermoso, mejor matarlo a tiempo, y que en el recuerdo quede algo bonito que contar.

Uno de mis amigos dejó embarazada a su novia más joven que él, su padre, policía a punto de retirarse, envió a que le propicien una golpiza feroz donde perdió varios dientes y un ojo. Su novia, asustada, huyó de la ciudad hacia la frontera con Brasil. No supimos de ella por un largo periodo de tiempo, temimos lo peor, hasta que un día mi amigo recibió una carta donde ella explicaba con muy pocas palabras que el embarazo lo había perdido y que ahora vivía feliz en una comunidad en la montaña. Él intentó contactarla, ir a buscarla, pero solo recibió otra golpiza y varias amenazas de muerte. Conoció a una chica que trabajaba en una ONG anti sectas, se enamoraron y desde entonces viven juntos con deseos de formar una familia. Se olvidaron de las sectas y sus víctimas.

Otro de mis amigos ganó una fortuna apostando a los caballos en una página web, compró un nuevo auto, luego otro, pagó innumerables fiestas con mujeres hermosas, bebidas añejas, drogas de diseño y bandas en vivo. Debieron operarlo de urgencia de apendicitis, casi se muere, se asustó tanto que abandonó la vida promiscua en la que estaba sumergido, dijo que quería vivir tranquilo e invirtió todo su dinero en cripto monedas, pero una burbuja explotó sin previo aviso y perdió todo. Ahora es alcohólico y vive de la ayuda comunitaria del comedor de la iglesia del barrio.

Yo también continué viviendo y juntando historias, de eso se trata la vida, el que junta más historias gana, aunque no hay ningún premio para el vencedor. Debieron extirparme la vesícula por la mala alimentación, y conseguí que me medicaran con recetas rosas para combatir mi ansiedad e insomnio. Me acosté algunas veces con la chica que vende libros en la playa pero la cambiaron de sucursal a la librería del centro al poco tiempo, ella se negaba a pagar los ochenta pesos que costaba el colectivo para venir a mi casa, yo no podía ir a su casa porque aún vivía con sus padres y dejamos de vernos, de todas formas esa relación no tenía futuro, ella gusta de Borges, yo de Sábato. Fui rechazado por la camarera del nuevo bar en dos oportunidades y una por la vendedora de ropas de yoga. Cambié mi estilo de dibujo y comencé a ver series por streaming, productos de los que siempre renegué. La soledad nos cambia tan lentamente que cuando nos miramos al espejo luego de un tiempo somos otra persona completamente distinta, y lo peor es que no nos dimos cuenta. Entonces, solo entonces, pensaba en Clarisa.

-Si me viera mirando esto me mata.

Una tarde en el nuevo bar les confesé a mis amigos que había mantenido una aventura de algunas semanas con Clarisa. No me creyeron. No los culpo, yo tampoco me hubiese creído.

-Claro que sí campeón, claro que sí.

-¿Clarisa? ¿La de La Senda?

Un proveedor de hamburguesas encargado de repartir en varios bares escuchó la conversación y sintió intriga. Al parecer conocía bastante a la camarera como para recordar su nombre.

-Sí.

-Ya no trabaja más ahí – dijo el proveedor con la naturalidad de las personas que trabajan en la calle mientras firmaba una boleta – Una pena. Ganó un concurso de poesías, se va a ir a vivir a la Capital el año que viene, cuando publiquen el poema.

-¿Va a sacar un libro?

-Sí, pero es una antología de varios autores. Dice que tiene una amiga que le consigue trabajo allá, en un restorán chino o algo así.

El proveedor buscó en su teléfono móvil un archivo.

-Mirá – me mostró – Con este poema ganó el concurso. Si vas a La Senda lo tienen hecho cuadrito colgado en la pared del pasillo.

El poema se titulaba “El chico que dibujaba en hojas prestadas”.

Y sentí la emoción a la que Clarisa hacía referencia en sus delirios poéticos. Me embriagó la magia. Oí el aleteo del insecto y sonreí entre lágrimas esperando por la tempestad.

Anahí, la chica que me prestaba hojas en el colegio se llamaba Anahí.


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miércoles, 12 de enero de 2022

Epopeya (fragmento)

Finalmente la sangre se contaminó, y llegaron los Fantasmas interpretando a Monstruos con turbias Voces que generaron peligrosos mareos al borde del acantilado donde los desahuciados deciden ponerle fin a su existencia y los murciélagos anidan. Se contaminó la sangre para que la visión se tornara borrosa, y el arrepentimiento se manifestara en cobardes oraciones peregrinas con el objetivo final de obtener un indulto existencial por parte de los Dioses en cuestión, oraciones que le exigían desde la clemencia un salvavidas o una cuerda enjabonada al Universo, un algo de donde aferrarse en esos momentos de miedo y locura.





Se contaminó la sangre para que los Bastardos abrazaran el delirio en el sueño, y aquellas viejas pesadillas de la infancia se vieran influenciadas por los resabios del escarnio viral que encontró en el cuerpo su estadía definitiva para realizar su tan ambiciosa conquista espacial, conquista que antaño se vio truncada por nefastas vacunas originadas con malicia con el fin de alcanzar el control mental de las especies y establecer el tan aclamado Nuevo Orden Mundial, conquista truncada por átomos que se disolvieron en partículas de muerte en la tristemente célebre Nagasaki.

Forastero de Plutonio que añora la paz.

Chica de la Luna que sueña con la Libertad.

Dame rayos gama, dame, dame.

Los Monstruos desconectaron las energías sexuales de los amantes, quienes se encontraron privados de manifestar su amor con hidalguía y placentera veneración. Y se vio alterado el recurso sangriento de la creación, y se vieron alterados los Universos clandestinos donde el Poeta esconde las migajas de sus deseos más privados y vergonzosos. Y estallaron los satélites de los planetas menos importantes. Y sanitizaron las heridas con frío alcohol que generó dolor en los cuerpos maltratados por el encierro, dolor que se expresó en gritos y gemidos que intentaron en vano emular la transición energética del acto venéreo.

La infinidad es tan grande que carece de sentido.

Y el Cosmos se burla de nosotros, como ese Diablillo pillo que se sabe perdedor y nos promete eternas victorias deportivas, pero muerde su propio anzuelo y apuesta su alma una y otra vez, esperanzado.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Epopeya Suburbana (Fragmento)

 

Creyeron estar locos al percibir el amanecer por segunda vez en el día. Creyeron estar locos al asomar por el balcón sus cabezas, cuyos cráneos iban tatuados frágilmente con presidiaria tinta china, enseñando obscenos dibujos y profanador simbolismo pagano que se atrevían a reñir con hidalguía los pragmáticos evangelios del Profeta devenido en caricatura.

Profeta al que quieren asesinar sus discípulos.

Profeta que quiere morir a manos de sus discípulos.

Profeta mártir sin cruz temeroso desafía.

Creyeron estar locos al vislumbrar en las calles transeúntes que orinaban en lúgubres y húmedos callejones donde las prostitutas ofrecen su sexo en la oquedad de los pastizales y los perros callejeros cagan y tienen cría, callejón basural de un barrio que se cae a pedazos víctima del confinamiento mental de aquellos encargados de sobrellevar con elegancia y patriotismo el futuro del conglomerado que ahora merienda incertidumbre en una mesa sin cubiertos pero con servilletas de fina seda europea.

Y vieron gentes enterrando cadáveres apenas concebidos, olorosos cuerpos carroñeros enterrando dinero infamemente emitido en pecadores conventos donde las hermanas devenidas en avanzada edad son especialistas en armamento militar, donde el padre bienaventurado carga en sus tobillos la condena judicial de sus lujuriosos crímenes nefandos, y los feligreses portan guantes blancos en sus manos recién lavadas y gafas polarizadas y audífonos que entonan cantos Gregorianos que los convierten en los más mercenarios de los zombies.

Y el agua bendita fue absenta.

Y la ostia pequeños bocadillos holandeses de marihuana cosechada en el jardín del Monaguillo preferido del cura.

Creyeron estar locos al ventilarse con negligencia, y observaron guerras de ficción por la televisión y guerras reales en la esquina del bar. Buscaron el amor en aquella cantante de blues que se menea triste, pero solo consiguieron erótica y culposa inspiración que malgastaron en desatinados poemas surrealistas.

Creyeron estar locos y lamieron con demencia las vulvas de las rameras más puras y les dijeron que las amaban, y les obsequiaron jugosas propinas y ofertaron una tentadora e incomprobable vida mejor, y bailaron con la vecina que baila sola en las húmedas madrugadas y se golpea la cara para rememorar traumas de su niñez cada vez más cercana, y hablaron con la vecina que habla sola los mismos tristes y perturbadores diálogos cada noche mientras se flagela los muslos, y molieron café oyendo la máquina de coser de la vecina que aun en medio de su turbio delirio continuó trabajando para sostener la maquinaria de la vida que la condena al mismo círculo cada noche, y besaron a la hermana judía de su mejor amigo del barrio, muchacha que luego contraería la meningitis y teñiría sus cabellos de rubio platinado para triunfar como bailarina de la cumbia, y caminaron por la ruta con destino a la Meca y silenciaron con desdén y vergüenza los fragmentos de algunos infantes recuerdos.

Creyeron estar locos cuando los sonidos góticos del campanario se trasladaron bajo la cama espantando a los Monstruos propios y ajenos, y las Voces fueron remplazadas por rumores pertenecientes a la dimensión de la locura, infrecuente universo paralelo al que solo se accede a través de la fiebre y se sale por intermedio de la suerte.

Creyeron estar locos e invitaron a beber tibia y barata cerveza a la Doncella de flequillo recto que baila rocanrol sobre la tarima del bar de Piluso, bar de la periferia céntrica lindero a las ruinas de la vieja estación que supo albergar a vagabundos y amantes por partes similares. Lugar de sueños demorados y esperanzas cortas. Lugar de traiciones y heridas. Rancio lugar de miradas cansadas que envuelve en tinieblas la paradoja de una existencia que se torna irreparable con el arribo de la Luna Llena.

Y los lobos aullaron.

Y las putas rieron.

Y los Vampiros sortearon entre los presentes noches limitadas de eternidad que los ganadores desperdiciaron en absurdas orgías plagadas de sangre y sadismo.

Y el aire olió a azufre.

Y los dientes amanecieron amarillentos.

Amargos.

Creyeron estar locos y obtuvieron el insomnio como recompensa.

Creyeron estar locos.

Creer y estar.

Dos cosas distintas.


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miércoles, 18 de agosto de 2021

Poema Épico (Adelanto)

 De la soledad aprendí a maquillarme para enmascarar el deterioro del alma, a contrarrestar cualquier rasgo de mezquindad inaudito careciente de corazón. De la soledad aprendí el equilibrio de las injusticias, de lo poco grato que pretende ser el destino, y que si las historias de cada uno ya están escritas, todas se parecen, todas son tragedias griegas camufladas en melodramas cómicos que se inspiran en las comedias británicas de un mundo que ya no existe.

Nunca existió.
Me gusta caminar por la cornisa bien vestido para no levantar sospechas.
Del hambre aprendí a hacer tostadas con duro pan añejo y a no llenar hasta el borde la taza de leche, del hambre aprendí que la nostalgia es una sombra que nos recuerda los momentos felices y fugaces, y se encuentra allí, agazapada, para martirizarnos y atormentarnos para que no olvidemos que ya nada será como era, como fue, y que el futuro es distinto a cada segundo.
La vida cambia.
Pero no queremos que cambie.
Con el frío descubrí la fortaleza de mi sistema inmunológico, confiable colega que permite descuidarme de abrigos en desoladas noches invernales, donde el aroma a madrugada hace cortocircuito con las blancas luces de la Luna, que a su vez transita con desconfianza los vaivenes del próximo eclipse. Del frío aprendí que la inspiración es un estado de ánimo que sube y baja, y que la creatividad lejos de ser una bendición es un tormento que una vez utilizada nos convierte en esclavos, obligándonos a extrañarla cuando no está pero a sufrirla cuando aparece.
Condenados a crear a morir en el intento.
La evolución natural de las especies.




Del insomnio aprendí la relatividad del tiempo, que las eternidades pueden ser tan solo un reloj que no avanza, o una noche que transcurre a toda prisa. Del insomnio aprendí que la delgadez es cosa de locos, y que la palidez encierra de modo escondido algunos tormentosos secretos de la psiquis. Con el insomnio aprendí a disfrutar de la belleza.
De la fiebre aprendí a respetar los delirios, a no subestimar una pesadilla.
De mis Alter Egos aprendí a meditar. A mutar las semejanzas del espejo para sumergirme en el laberinto de ideas, surfear avalanchas y descubrir los susurros del joven árbol devenido en tumba.
Soy la metáfora incomprensible del libro que te gustaría haber escrito.
Soy un Soñador en el Infierno, con un cuchillo en la mano, desafiando al viento.

sábado, 17 de julio de 2021

Epopeya CiberPunk (Adelanto)

 
Ya vi a la ciudad del futuro convertirse en penosas ruinas ante los pies del enfurecido pueblo que no escatimó en fuego a la hora del hundimiento, que no padeció un segundo más de la temerosa tortura del Verdugo que continuó en la derrota flagelándose con turbias mentiras cargadas de sadismo y miseria.

Ya vi al Ungido gritar la palabra prohibida en su última bocanada de aire fresco, aire cargado de prudencia y júbilo. Los parlantes que solían cobardemente anunciar con sonoras y agudas bocinas, con las que muchos soñaron durante sus escandalosas vidas, el comienzo del toque de queda, ahora sueltan las más bellas melodías del Jazz. Y el pueblo baila. Y canta. Y bebe vino y cerveza en las destruidas calles del Imperio que se hunde. Y tienen sexo en los más sombríos callejones adornados con tarros de basura podrida, rodeado de roedores que trepan por los paredones y escapan de los felinos por los aun funcionales cables de electricidad.

¡Oh, Libertad!

¡Asquerosa y bienaventurada Libertad!

¿No es acaso la emoción un frágil barrilete de papel navegando entre los furiosos vientos huracanados de la tormenta que se aproxima? ¿No es acaso la diversión el pecado primero, la piedra fundacional sobre los cuales se construyó el territorio Infernal? ¿No es acaso la esperanza esa inocente espera cargada de agonía que sueña con el milagro?

¡Oh, Eternidad!

¡Asquerosa Eternidad que calumnia al Universo ante los ojos de las estrellas, testigos de la inalcanzable existencia!

Danzaron luciendo su desnudez rodeando el fuego cada vez más vivo.

Libres.

Eternos.


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