Creyeron estar locos al percibir el amanecer por segunda vez
en el día. Creyeron estar locos al asomar por el balcón sus cabezas, cuyos
cráneos iban tatuados frágilmente con presidiaria tinta china, enseñando
obscenos dibujos y profanador simbolismo pagano que se atrevían a reñir con
hidalguía los pragmáticos evangelios del Profeta devenido en caricatura.
Profeta al que quieren asesinar sus discípulos.
Profeta que quiere morir a manos de sus discípulos.
Profeta mártir sin cruz temeroso desafía.
Creyeron estar locos al vislumbrar en las calles transeúntes
que orinaban en lúgubres y húmedos callejones donde las prostitutas ofrecen su
sexo en la oquedad de los pastizales y los perros callejeros cagan y tienen
cría, callejón basural de un barrio que se cae a pedazos víctima del
confinamiento mental de aquellos encargados de sobrellevar con elegancia y
patriotismo el futuro del conglomerado que ahora merienda incertidumbre en una
mesa sin cubiertos pero con servilletas de fina seda europea.
Y vieron gentes enterrando cadáveres apenas concebidos, olorosos
cuerpos carroñeros enterrando dinero infamemente emitido en pecadores conventos
donde las hermanas devenidas en avanzada edad son especialistas en armamento
militar, donde el padre bienaventurado carga en sus tobillos la condena
judicial de sus lujuriosos crímenes nefandos, y los feligreses portan guantes
blancos en sus manos recién lavadas y gafas polarizadas y audífonos que entonan
cantos Gregorianos que los convierten en los más mercenarios de los zombies.
Y el agua bendita fue absenta.
Y la ostia pequeños bocadillos holandeses de marihuana
cosechada en el jardín del Monaguillo preferido del cura.
Creyeron estar locos al ventilarse con negligencia, y observaron guerras de ficción por la televisión y guerras reales en la esquina del bar. Buscaron el amor en aquella cantante de blues que se menea triste, pero solo consiguieron erótica y culposa inspiración que malgastaron en desatinados poemas surrealistas.
Creyeron estar locos y lamieron con demencia las vulvas de
las rameras más puras y les dijeron que las amaban, y les obsequiaron jugosas
propinas y ofertaron una tentadora e incomprobable vida mejor, y bailaron con
la vecina que baila sola en las húmedas madrugadas y se golpea la cara para
rememorar traumas de su niñez cada vez más cercana, y hablaron con la vecina
que habla sola los mismos tristes y perturbadores diálogos cada noche mientras
se flagela los muslos, y molieron café oyendo la máquina de coser de la vecina
que aun en medio de su turbio delirio continuó trabajando para sostener la
maquinaria de la vida que la condena al mismo círculo cada noche, y besaron a
la hermana judía de su mejor amigo del barrio, muchacha que luego contraería la
meningitis y teñiría sus cabellos de rubio platinado para triunfar como
bailarina de la cumbia, y caminaron por la ruta con destino a la Meca y
silenciaron con desdén y vergüenza los fragmentos de algunos infantes
recuerdos.
Creyeron estar locos cuando los sonidos góticos del
campanario se trasladaron bajo la cama espantando a los Monstruos propios y
ajenos, y las Voces fueron remplazadas por rumores pertenecientes a la
dimensión de la locura, infrecuente universo paralelo al que solo se accede a
través de la fiebre y se sale por intermedio de la suerte.
Creyeron estar locos e invitaron a beber tibia y barata
cerveza a la Doncella de flequillo recto que baila rocanrol sobre la tarima del
bar de Piluso, bar de la periferia céntrica lindero a las ruinas de la vieja
estación que supo albergar a vagabundos y amantes por partes similares. Lugar
de sueños demorados y esperanzas cortas. Lugar de traiciones y heridas. Rancio
lugar de miradas cansadas que envuelve en tinieblas la paradoja de una
existencia que se torna irreparable con el arribo de la Luna Llena.
Y los lobos aullaron.
Y las putas rieron.
Y los Vampiros sortearon entre los presentes noches limitadas
de eternidad que los ganadores desperdiciaron en absurdas orgías plagadas de
sangre y sadismo.
Y el aire olió a azufre.
Y los dientes amanecieron amarillentos.
Amargos.
Creyeron estar locos y obtuvieron el insomnio como
recompensa.
Creyeron estar locos.
Creer y estar.
Dos cosas distintas.
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