miércoles, 14 de diciembre de 2022

EL ALETEO DEL INSECTO.

            Conocí a Clarisa hace algunos años en un bar de la periferia céntrica, recuerdo haber llegado allí de casualidad porque una tormenta repentina me sorprendió con sus potentes ráfagas de viento y sus cantidades desmesuradas de agua. Yo iba como el resto de la gente sin paraguas, algunas de esas gentes comenzaron torpemente a correr en dirección del techo más cercano, idiotas, como si eso los salvaguardara del viento y del agua que nos atacaba, se trataba de esa clase de tormentas que mojan de costado. Otros seres, los más soñadores o resignados, como yo, no apresuramos nuestro paso, nos entregamos a nuestra suerte y aceptamos con gloriosa resignación que nos mojaríamos como un perro.

Entonces llegué a La Senda, el bar donde trabajaba Clarisa.

-¿Puede ser un café?

Me dijo que sí exagerando su amabilidad mientras sujetaba con la mano una birome que era sostenida por su oreja derecha, una simple Bic sin capuchón y mordisqueada en la punta trasera. No recuerdo cuando fue que comencé a pedir cosas en bares o restoranes como preguntas, no digo de manera afirmativa lo que quiero, sino que lo planteo como una duda, un tímido deseo, una especie de vulgar y primitiva crisis existencial que me desnuda desde un primer momento, quiero un café es muy distinto a ¿puede ser un café?, supongo que lo hago porque en el fondo deseo que algún día algún mozo o camarera me diga que no, que no puede ser aquello que yo estoy consultando.

-¿Puede ser un licuado de banana?

-Por supuesto que no.

Cuando llegue ese momento solo me quedará agachar la cabeza, ponerme de pie tratando de hacer el menor ruido posible con la silla y retirarme sin hacer escándalo, humillado, sabiendo que ya no podré regresar a esos aposentos, y que esta acción se convertirá en una anécdota entre los trabajadores del lugar.

-¿Te acordás cuando vino ese tarado con dudas existenciales a preguntar si podía tomar un licuado de banana?

Quedaría huérfano de bar, con todo lo que eso implica para un hombre. Un hombre sin bar es un hombre sin vida. Un hombre sin bar carece de alma, de poesía e ignora la belleza.





Si todo marchaba bien con el correr de los años me olvidaría de esa vergüenza, aunque no soy de olvidar momentos vergonzosos. Siempre regresan a mí recuerdos nefastos, como si artísticamente necesitara del sufrimiento para crear, como si fuesen mi sombra, siempre están allí para recordarme lo desdichada que puede llegar a ser una vida. Todavía recuerdo por ejemplo cuando a los siete u ochos años de edad una compañera de colegio, la más linda, invitó a todo el curso a su fiesta de cumpleaños, mis padres confundieron el día, creyeron que era un jueves pero la celebración era un miércoles, entonces esa tarde estaba yo jugando en el barro con mi perra y mis soldaditos de plástico en el patio trasero de la casa, al percatarse del error intentaron subsanarlo diciéndome que iría a la fiesta igual, así como estaba, todo sucio, sin regalo y con olor a perro.

Y ahí estaba yo, con un escaso derecho a réplica, confiando en el sentido común de los adultos, todo sucio en la fiesta de cumpleaños de la chica más linda del colegio, sin regalo, con olor a perro y pidiéndole por favor a su padre que me deje comer un pancho porque tenía hambre, sucede que salimos tan apurados de mi casa que ni siquiera pude merendar mi clásico té con galletitas.

Aquella tarde, quizás, me convertí en hippie, o al menos eso decían mis compañeros al día siguiente. Somos lo que dicen de nosotros, es una batalla perdida.

-Fue así porque es hippie, y su familia también.

-Matan gallinas para comer.

Las gallinas, en mi defensa, en realidad eran del vecino. El viejo estiraba el cuello del animal y lo cortaba con una cuchilla que usaba como hacha. El cuerpo de la gallina corría unos metros sin cabeza hasta caer para bañarse en su propio charco de sangre. Luego la desplumaba, deshuesaba y cocinaba guisos o pucheros.

De adulto pocas veces crucé a esa chica, supongo que emigró de la ciudad, es educada, me saluda con la complicidad que otorga haber compartido años de escolaridad. Por la manera en que se viste la imagino recibida de alguna carrera universitaria, arquitecta o psicóloga. Para mi ella siempre será la chica más linda del colegio, aunque los años no le sentaron tan bien, y yo seré para ella el chico que fue sucio a su cumpleaños con olor a perro y sin regalo.

Clarisa me trajo el café y dijo algo sobre el clima. Yo dije algo sobre la economía y el clima. ¿Qué haríamos sin el clima para rellenar silencios incómodos? Miré su cuello y su boca, porque en los pocos segundos que estuvo frente a mí realizó una mueca con su lengua que me llamó la atención. Humedecía sus labios y hacía la seña del siete de espadas del truco.

No tardé en imaginarla desnuda ni en inventarle una vida. Descubrí su nombre porque una tarde ella no estaba trabajando, en su lugar me atendió un hombre grande, gordo y pelado, y con la confianza que nos da la masculinidad (y corriendo el riesgo de meter la pata) le pregunté por la morocha.

-¿Clarisa? – me dijo.

-No sé el nombre, la que usa calzas con mandalas de colores.

-Si, Clarisa. Hoy no viene, tenía que posar para el curso.

-¿Qué curso?

-Trabaja como modelo en vivo para grupos de arte, hoy le tocaba en el curso de Eusebio.

-¿Eusebio? ¿El viejo?

-Sí.

Eusebio era un artista plástico respetado más por su trayectoria que por su talento, daba clases los martes, jueves y sábados a amas de casa aburridas. Me sobraba tiempo y quería ver a Clarisa desnuda por el simple hecho de verla. Supongo que me generaba morbo ver desnuda a la persona que me servía el café y me hablaba del clima. Jamás me hubiese inscripto en un curso de pintura para ver desnuda a la chica que trabaja en la panadería o el local de ropa de la otra cuadra. Era Clarisa, su forma pausada de hablar, su suave tono de voz, su mirada siempre distante pero no fría, daba la sensación de estar siempre pensando en algo, creando, su pelo negro y el contraste que su pálida piel, ¿tendría tatuajes?, ¿cicatrices? Me gustaba de ella que utilizaba palabras poco frecuentes para una camarera, se la notaba, o al menos aparentaba, inteligencia. Una camarera del montón no utilizaría jamás la palabra “derroche” o “menester”, y mucho menos “parafernalia”. Recuerdo una tarde de mucho frío, un viejito que siempre se sentaba a leer el diario contra la ventana le preguntó cuál era la diferencia entre el café expreso y el colombiano, el café expreso es un disturbio del populismo, dijo, en cambio el colombiano nos deleita con ráfagas de alma sudamericana. El viejito, abrumado por la respuesta, pidió un capuchino.

Eusebio era un profesor exigente. Antes de llegar a los talleres de modelos en vivo uno debía cursar al menos un año, y aprender determinadas nociones básicas de luces y sombras. También es cierto que siempre tuve facilidad para dibujar y sus tareas no representaban obstáculos serios. Inclusive, sin presumir, la verdad es que dibujo mejor que él.

-¿Por qué nunca pintás tus dibujos?- me retaba la maestra del colegio.

-Me gustan así.

La veracidad de esta respuesta era que no teníamos dinero para comprar lápices de colores y mis fibras eran tan baratas que a los pocos días ya se les secaba la punta y dejaban de funcionar. Mi padre, la última semana del verano, traía una caja escolar que le daban en el trabajo con cuadernos, lapiceras, gomas y fibras. Las hojas de los cuadernos eran transparentes, las lapiceras se reventaban con facilidad y las fibras se secaban. Las gomas de borrar rompían las hojas. Otra verdad es que los días jueves en la clase de plástica siempre debían mis compañeros prestarme una hoja porque yo no tenía, eran hojas especiales, creo que las número cinco, hasta que llegó el momento que le debía varias hojas a todos y ya nadie quiso prestármelas y dejé de dibujar.

Aunque no recuerdo ese tormento y vergüenza con vergüenza, un hombre es un campo de batalla y cada mal trago una cicatriz, claro que era yo apenas un niño, y que mis mejillas se ponían coloradas y hasta llegué a llorar en plena clase un par de veces porque todos dibujaban y yo no, entonces cuando lloraba la chica que se sentaba frente a mí se apiadaba, o sentía lástima, y me prestaba una hoja con la condición que debería devolvérselas a todas, en su cuaderno ella anotaba con prolija caligrafía la cantidad que me iba prestando, una vez conseguimos dinero y compramos varias hojas en el kiosco de la vuelta, y mi madre me preguntó cuántas hojas se le debían a esa chica, le debía tantas que todas las hojas que compramos se las tuve que dar a ella y ella me tuvo que prestar una para la clase que estaba por comenzar, lo recuerdo simplemente como algo que pasó y ya. Sin melodramas. Aunque hoy sonrío con cierto grado de nostalgia cuando dibujo con una pluma importada que lleva gravado mi nombre en su capuchón de acero, utilizo tinta francesa y hojas de alto gramaje del extranjero.

Acordate de donde saliste, porque ahí siempre se puede volver.

La primera clase con modelo en vivo fue poco alentadora. Un amigo del barrio de Eusebio se prestó para exponerse en bolas frente a las amas de casa aburridas y yo, que versión violenta la de ese cuerpo, en su juventud el modelo había trabajado de carnicero y le faltaban tres dedos de la mano izquierda, y tenía varias manchas en su grasosa piel y gordura mórbida, apenas se le veía la pija por la panza. Eusebio nos pedía que busquemos allí la belleza, lo hacía con tono jocoso y en complicidad con su amigo que se reía.

-Busquen la poesía – decía – Busquen, le faltan dedos, es gordo y se tira pedos. Miren bien, le faltan dientes también, y el ojo tuerto lo tiene porque tuvo un ACV, pero busquen, nunca dejen de buscar. A la belleza le gusta esconderse.

Y entonces sucedió la magia, porque Eusebio era artísticamente mediocre, pero sabía cómo exprimir a sus alumnos. Constantemente enseñaba simulando no hacerlo, para aprender de él se debía estar muy atento. El ojo bueno del modelo escondía una historia, tristeza cuando miraba hacia abajo, esperanza cuando observaba hacia arriba, felicidad si nos miraba de frente. Su carcajada seca escondía una historia, la de un cuerpo con experiencia, también escondía una historia el sudor de su frente y su incipiente calvicie. Simplemente me emocioné ante ese cuerpo, ese cuerpo que alguna vez, como yo ahora, deseó ver desnuda a una mujer especial, cuerpo al que también sorprendió una lluvia pasajera en algún momento. Ese cuerpo albergaba un corazón que algún día dejaría de latir. Las clases con modelos en vivo finalizan con un aplauso, él se puso de pie y levantó los brazos como los jugadores de fútbol. Al menos, pensé, hoy llegará a su hogar, y si es que tiene familia tendrá algo para contar y pasar un buen momento con los suyos.

-¿Puede ser un café con leche hoy?

-Puede ser lo que vos quieras.

La respuesta de Clarisa camuflaba cierto grado de confianza cliente-camarera. Esa respuesta era un síntoma de mi cotidianeidad en el bar, pero también denotaba cierto grado de inteligencia emocional en ella. Había captado mi forma de pedir las cosas, seguramente hasta estuvo tentada en varias ocasiones en darme una respuesta negativa, sin embargo había elegido una respuesta mucho más elegante.

-¿Hacés algo a la noche?

Me dijo que no y la invité al cine.

-Están dando los años locos – le dije, me sonrió porque comprendió la cita musical.

Aunque se negó a ingresar a cualquier función, decía que el cine comercial carece de sentimiento, y que no iba a alimentar con su dinero a esa clase de monstruos, que prefería los films independientes y europeos.

-Odio las sagas y los actores que actúan de sí mismos.

Sin decirme nada ingresó en un kiosco y compró una gaseosa, puteó al aire porque no estaba muy fría, decía que la gracia de las bebidas gasificadas es justamente su frío, caminó unos metros y se sentó en el cordón de la esquina, desde el suelo bebió del pico y me ofreció la botella mientras hacía buche. Di un trago y me senté a su lado y de manera inmediata apoyó su cabeza sobre mi hombro.

-¿Qué hacés cuando no trabajás en el bar?

-Lloro.

Al mirarla de cerca no parecía tan joven. Cuando iba al bar con mis amigos siempre la mirábamos pero había momentos que nos conteníamos porque la suponíamos muy joven, inclusive hasta menor de edad, apostábamos a adivinar su edad, uno decía que apenas si llegaba a los veinte, otro le daba veinticuatro, yo me llenaba de dudas porque si usaba ropa ajustada se la veía joven, si sus prendas eran sueltas, en cambio, aparentaba más edad. Pero ahora podía verle los pequeños pliegues al costado de sus ojos y labios, su pelo de cerca no era tan negro y hasta se le notaba alguna que otra cana, su piel no era tan blanca, tenía algunas pecas en sus pómulos y pelos en la nariz.

-¿Y por qué llorás?

Me miró y entristeció de golpe. Sus ojos se tornaron vidriosos. Bajó la vista y me besó. Las luces rojas y azules de un patrullero iluminaron ese momento. El local de artesanías que estaba cruzando la calle pasaba una canción de Estelares a todo volumen desde sus parlantes musicalizando la zona. Algunos perros callejeros ladraron ante los ruidos del caño de escape de la moto de algún malandra.

Pasamos así varios meses. En secreto. Yo le preguntaba si podía tomar un café y ella me decía que no, que iba a tomar lo que a ella se le ocurriera en el momento. A veces, a modo de chiste entre nosotros, le dejaba unas pocas monedas de propina o billetes antiguos que ya no estaban en circulación, luego nos reíamos juntos de los comentarios de sus compañeros que no paraban de insultarme. Otras veces mis amigos decían alguna obscenidad sobre ella cuando nos daba la espalda y yo debía seguir el juego.

-Seguro que algún boludo se la garcha.

-Seguro.

-La debe chupar tremendo.

-Obvio.

 A ella no le gustan los Vengadores, nunca quiso ir al cine a ver una de esas películas. Aunque argumentaba con pasión las razones de por qué los personajes de DC son superiores a los de Marvel.

-Bah… superiores – decía – En una lucha mano a mano los de Marvel se los comen crudos, a lo mejor por eso los de DC son superiores. No necesitan ganar.

A Clarisa le gustaba hacer el amor los días impares. Decía que energéticamente el Universo nos proveía más armonía, y que las noches de luna llena los orgasmos eran un veinte por cientos más largos. Después del sexo caminaba desnuda hasta su biblioteca y buscaba viejos y amarillentos ejemplares de libros de poesías, de esos que tienen olor e historia, me leía, parada frente a mí, pasajes enteros de Las Flores del Mal, o filosofaba sobre Temporada en el Infierno, parecía no incomodarla su desnudez, no buscaba provocarme con ella, se movía con naturalidad. Las primeras veces yo fingía escucharla pero solo la observaba, tenía piernas largas y muy blancas, un enrulado pero prolijo vello púbico, un tatuaje abstracto en la parte baja de la espalda, un culo redondo y firme, una mancha en su omoplato derecho, su seno izquierdo caía más que el otro, y tenía una cicatriz horrible en su codo derecho.

-Me caí de un árbol de chiquita y me quebré. Cuando hay humedad me duele.

Nunca le dije que había comenzado un curso para poder ver su cuerpo desnudo, ella nunca me dijo que posaba desnuda para un grupo de artistas. Creo que ambos sabíamos que el otro sabía, y eso en cierta forma era una chispa en nuestra relación.

Con el tiempo me acostumbré a su cuerpo y dejé de mirarle los pezones cuando leía poesía, ni siquiera le miraba la boca, por momentos observaba sus ojos leyendo poemas que se sabía de memoria, o tan solo cerraba mis ojos y me dedicaba a oír su voz, esa voz que apenas unos minutos antes había estado jadeando en mi oído ahora se emocionaba con fragmentos de la Divina Comedia. Terminaba de leer y me preguntaba que pensaba. La poesía es infinita, decía, y le gustaba conocer las interpretaciones de los demás.

Una noche me pidió que se la chupara.

-¿Te gusta así?

-¿Así como?

-Peludita.

Le dije que sí, y agregué que quienes gustan de vaginas totalmente depiladas son pedófilos. Ella se rio con fuerza.

-¿Y nunca más te la cruzaste?

-¿A quién?

-A la chica que te prestaba hojas.

-No.

Fue un momento extraño, tenía mi cabeza entre sus piernas, sus dedos jugaban con el cabello de mi nuca, y ella hurgaba en recuerdos de otra mujer, como si la verdadera intimidad se tratara de eso, de conocer historias del otro, exigía saber detalles ínfimos, absurdos, como saber de qué lado se sentaba, si usaba el pelo suelto o atado, si era más alta que yo.

-¿Alguna vez le regalaste un dibujo?

-No.

Empujó mi cabeza hacia abajo, elevó su pelvis y dejó de hablar.

Una noche par teníamos que hacer tiempo para que sea la medianoche y el nuevo día, impar, comience, y no tuve mejor idea que mostrarle mi carpeta de dibujos y contarle algunas historias de mi niñez. Tengo un archivo enorme de dibujos. Puedo hasta recordar el momento exacto en el que dibujé cada uno, si estaba con la televisión encendía o escuchando música, trabajando o garabateando.

-¿Le agradeciste alguna vez?

-Sí, siempre que me prestaba una hoja le decía gracias.

-No, pero digo, ¿realmente le agradeciste?

-Si, creo que sí.

-No, pero digo… Si ella no te hubiese prestado hojas, ¿vos habrías podido desarrollar esta capacidad? – ella miraba el centenar de dibujos que había sobre la cama, sin saber cuál elegir para observar bien - Hay actos tan chiquitos que son tan grandes. Ella seguro no se acuerda que te prestaba hojas, o sí, pero no creo que se sienta responsable de ser la piedra fundacional de un artista. Seguramente sos solo un vil recuerdo, si es que se acuerda. De vos se debe acordar, porque todos nos acordamos de nuestros compañeros de escuela, pero del detalle de las hojas lo dudo. A vos te daba hojas, a otro a lo mejor le prestó un libro, y alguien a ella quizás le haya prestado patines o le dijo que cantaba lindo. Uno sin querer puede marcar el destino de una persona. Darle cosas. ¿No te emociona eso? ¿No te impacta esa magia?

-¿Qué cosa?

-Que el aleteo de un insecto en Hong Kong pueda desatar una tempestad en New York.

-¿Puedo darte algo? – me ofrecí.

-Todo, excepto lo que necesito.

-¿Qué necesitás?

-Un poema.

Se recostó y por primera vez desde que estábamos juntos me dio la espalda y cubrió su cuerpo con la sábana. Tuvo una tristeza repentina, algo a lo que ya me tenía acostumbrado. Pasaba del éxtasis a la agonía sin escala previa.

Nuestros encuentros comenzaron a ser cada vez más esporádicos. Solo nos veíamos los fines de semana, y si el día no era impar no teníamos sexo y solo nos dedicábamos a intercambiar reflexiones sobre películas clásicas. Ella afirmaba que Clint Eastwood es mejor que Woody Allen, y yo, por linda y buena amante que sea una mujer, no puedo permitir semejante improperio.

-Hizo Los Puentes de Madison – argumentaba ella.

-Exacto – refutaba yo.

No llegábamos a discutir, es cierto, pero se generaban largos silencios justamente por no discutir. Ella decía que Tarantino es un idiota, yo pensaba lo mismo, aunque el origen de esa idiotez venía de lados diferentes; ella decía que sus películas eran idiotas, yo que eran grandes films, solo que cuando él habla en una entrevista es un idiota. Ella amaba a Orson Wells, yo a Stanley Kubrick. A mí me aburren las películas de Francis Ford Coppola, prefiero a su hija. Ella amaba a Francis y decía que Sofía es una puta portadora de apellido.

La última vez que lo hicimos fue con la postura del perrito, ni siquiera nos miramos a los ojos, fingió su orgasmo, yo exageré el mío, ella había depilado su cuerpo por completo, supe que se estaba acostando con otra persona a la que seguramente le había realizado la misma pregunta que a mí, y esta otra persona odiaría el vello púbico. Pero no me molestaba eso, sentí celos de que otro ser la escuchara recitar a Rimbaud y Baudelaire.

Dejé de ir al curso de dibujo porque no quería que ella pensara que estaba allí solo para verla desnuda, y cambié de bar para eliminar cualquier tipo de posible denuncia por acoso. Las pocas veces que la crucé en la calle simuló no verme.

La vida continuó su camino. El planeta no se detuvo. Fuimos simplemente dos amantes más que dejaron de verse entre los miles de amantes que dejan de verse por día en el mundo. Por cobardía o comodidad, o quizás por no destrozar algo hermoso, mejor matarlo a tiempo, y que en el recuerdo quede algo bonito que contar.

Uno de mis amigos dejó embarazada a su novia más joven que él, su padre, policía a punto de retirarse, envió a que le propicien una golpiza feroz donde perdió varios dientes y un ojo. Su novia, asustada, huyó de la ciudad hacia la frontera con Brasil. No supimos de ella por un largo periodo de tiempo, temimos lo peor, hasta que un día mi amigo recibió una carta donde ella explicaba con muy pocas palabras que el embarazo lo había perdido y que ahora vivía feliz en una comunidad en la montaña. Él intentó contactarla, ir a buscarla, pero solo recibió otra golpiza y varias amenazas de muerte. Conoció a una chica que trabajaba en una ONG anti sectas, se enamoraron y desde entonces viven juntos con deseos de formar una familia. Se olvidaron de las sectas y sus víctimas.

Otro de mis amigos ganó una fortuna apostando a los caballos en una página web, compró un nuevo auto, luego otro, pagó innumerables fiestas con mujeres hermosas, bebidas añejas, drogas de diseño y bandas en vivo. Debieron operarlo de urgencia de apendicitis, casi se muere, se asustó tanto que abandonó la vida promiscua en la que estaba sumergido, dijo que quería vivir tranquilo e invirtió todo su dinero en cripto monedas, pero una burbuja explotó sin previo aviso y perdió todo. Ahora es alcohólico y vive de la ayuda comunitaria del comedor de la iglesia del barrio.

Yo también continué viviendo y juntando historias, de eso se trata la vida, el que junta más historias gana, aunque no hay ningún premio para el vencedor. Debieron extirparme la vesícula por la mala alimentación, y conseguí que me medicaran con recetas rosas para combatir mi ansiedad e insomnio. Me acosté algunas veces con la chica que vende libros en la playa pero la cambiaron de sucursal a la librería del centro al poco tiempo, ella se negaba a pagar los ochenta pesos que costaba el colectivo para venir a mi casa, yo no podía ir a su casa porque aún vivía con sus padres y dejamos de vernos, de todas formas esa relación no tenía futuro, ella gusta de Borges, yo de Sábato. Fui rechazado por la camarera del nuevo bar en dos oportunidades y una por la vendedora de ropas de yoga. Cambié mi estilo de dibujo y comencé a ver series por streaming, productos de los que siempre renegué. La soledad nos cambia tan lentamente que cuando nos miramos al espejo luego de un tiempo somos otra persona completamente distinta, y lo peor es que no nos dimos cuenta. Entonces, solo entonces, pensaba en Clarisa.

-Si me viera mirando esto me mata.

Una tarde en el nuevo bar les confesé a mis amigos que había mantenido una aventura de algunas semanas con Clarisa. No me creyeron. No los culpo, yo tampoco me hubiese creído.

-Claro que sí campeón, claro que sí.

-¿Clarisa? ¿La de La Senda?

Un proveedor de hamburguesas encargado de repartir en varios bares escuchó la conversación y sintió intriga. Al parecer conocía bastante a la camarera como para recordar su nombre.

-Sí.

-Ya no trabaja más ahí – dijo el proveedor con la naturalidad de las personas que trabajan en la calle mientras firmaba una boleta – Una pena. Ganó un concurso de poesías, se va a ir a vivir a la Capital el año que viene, cuando publiquen el poema.

-¿Va a sacar un libro?

-Sí, pero es una antología de varios autores. Dice que tiene una amiga que le consigue trabajo allá, en un restorán chino o algo así.

El proveedor buscó en su teléfono móvil un archivo.

-Mirá – me mostró – Con este poema ganó el concurso. Si vas a La Senda lo tienen hecho cuadrito colgado en la pared del pasillo.

El poema se titulaba “El chico que dibujaba en hojas prestadas”.

Y sentí la emoción a la que Clarisa hacía referencia en sus delirios poéticos. Me embriagó la magia. Oí el aleteo del insecto y sonreí entre lágrimas esperando por la tempestad.

Anahí, la chica que me prestaba hojas en el colegio se llamaba Anahí.


SEGUIME EN TONGA RAMONE!

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