Ruido: Sonido sin armonía o discordante. Perturbación en un sistema de comunicación que interfiere o previene la recepción de una señal o de un mensaje.
A veces me invitan a alguna fiesta por compromiso.
-Cumple años Colapso, nos vamos a juntar en el bar de
siempre, ¿venís?
Miro a mis pies, varios Conejitos me rodean, golpeo
sutilmente mi frente con el tubo del teléfono fijo, si me voy nadie cuidará de
ellos, romperían todo el departamento, pero como no confío completamente en la
existencia física de los Conejitos no digo nada, prefiero no mencionarlos en
público para no levantar sospechas, solo agradezco la invitación y digo que mejor
lo dejamos para una próxima ocasión.
Me invitan sabiendo que no voy a ir porque saben que me
ofendo si no me invitan.
Tengo Fonofobia, los sonidos fuertes o inesperados me
generan un estado de ansia difícil de disolver. Mi habitación tiene paneles
acústicos en sus paredes, como las radios.
-Él le tiene miedo al ruido – decían en el colegio. No hizo
falta mucho más, el apodo surgió solo.
Ruido.
De la misma forma le pusimos Colapso a Colapso. Ella siempre
se ponía tan nerviosa antes de rendir una lección oral que colapsaba y
finalizaba su estadía en el colegio en el baño, llorando y vomitando, rodeada
de maestras que le decían que todo iba a estar bien.
Eran otros tiempos. La gente no se ofendía con tanta prisa
como hoy, podíamos decirle gordo al gordo, flaco al flaco y loco al loco. Hoy
llamar a alguien por el nombre de su trastorno sería considerado bullying.
Terminaríamos en el gabinete psicológico de la institución educativa haciendo
algún curso de empatía, o viralizados en las redes sociales como malas gentes.
A veces sueño con Fiebre, o creo soñar con ella.
A veces confundo sueños con imaginación.
¿Imaginar es el equivalente a soñar despierto?
Tengo hambre y pido una pizza grande al delivery. Tengo
pensado entablar una conversación con el muchacho del reparto, le hablaré de
fútbol, haré algún chiste sobre chicas, prestaré atención a su vestimenta, allí
hay información sobre la cual sacar algún tema de conversación, algún parche de
alguna banda, alguna marca, quizás tenga marihuana y pueda invitarlo a comer la
pizza conmigo mientras miramos los Simpson.
-Son dos mis setecientos pesos.
Le doy tres billetes de mil. Le digo que se quede con el
cambio. Cierro la puerta. Fracaso estrepitosamente en la intención de
relacionarme con gente del afuera. Lo veo por la ventana chequeando la nueva
dirección de entrega, se aleja en su moto.
Sonrío. ¿Entablar una nueva relación con un desconocido? ¿Yo?
Ni siquiera sé el nombre de la chica de la panadería de la esquina donde compro
pan hace quince años, solo sé que se parece a Avril Lavigne. Cuando trabaja en
el turno de la tarde la veo llegar, la ventana da a la avenida, se baja del
colectivo y camina media cuadra.
Pienso que la ventana es como un televisor que me muestra
historias. La chica de la panadería, el chico del delivery, el perro del
vecino, los gatos del barrio, los desconocidos con miradas tristes.
Miro, por aburrimiento, una película sobre una hacker, es de
producción Holandesa (Países Bajos le dicen ahora), no fue la gran cosa, guion
predecible, actuaciones estándar, no hay escenas de sexo. Termino con una
extraña sensación, no sé si desperdicié una hora y media de mi vida o si estuve
entretenido durante noventa minutos. Al final de cuentas, si no hubiese mirado
la película, ¿hubiese hecho algo productivo?
Entonces leo páginas al azar de un libro random de mi
biblioteca. Cuento los taxis que pasan por la avenida. Hago una lista de las
mujeres que besé, siempre me olvido de la chica del verano en que Ando Ganas de
los Piojos fue un hit. Fiebre forma parte de esa lista. Me pregunto qué estará haciendo
en el bar, Colapso no escatima en alcohol cuando de festejos se trata, deben
estar con Insomnio y Silencio hablando de mí.
Ahora cuento a la gente que pasa en bicicleta.
A los que caminan.
Si mi mirada se cruza con la de alguien levanto la mano para
saludarlo, algunos responden al saludo, para los demás debo ser el Loco de la
Ventana, no saben que ya tengo un apodo.
Ruido.
Los Conejitos no están, a veces se esconden.
Cuento las luces encendidas del edifico de la otra cuadra.
Hago una lista mental ordenada alfabéticamente de los
Villanos de Batman, me olvido del Espantapájaros, tengo que volver a empezar.
Un perro ladra por una alarma que incomoda al vecindario.
Cierro la ventana.
Sueño con Fiebre, o creo que es un sueño.
Me habla.
-¿Estás despierto? – pregunta.
Y yo…
La verdad…
No lo sé.
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