De la soledad aprendí a maquillarme para enmascarar el deterioro del alma, a contrarrestar cualquier rasgo de mezquindad inaudito careciente de corazón. De la soledad aprendí el equilibrio de las injusticias, de lo poco grato que pretende ser el destino, y que si las historias de cada uno ya están escritas, todas se parecen, todas son tragedias griegas camufladas en melodramas cómicos que se inspiran en las comedias británicas de un mundo que ya no existe.
Nunca existió.
Me gusta caminar por la cornisa bien vestido para no levantar sospechas.
Del hambre aprendí a hacer tostadas con duro pan añejo y a no llenar hasta el borde la taza de leche, del hambre aprendí que la nostalgia es una sombra que nos recuerda los momentos felices y fugaces, y se encuentra allí, agazapada, para martirizarnos y atormentarnos para que no olvidemos que ya nada será como era, como fue, y que el futuro es distinto a cada segundo.
La vida cambia.
Pero no queremos que cambie.
Con el frío descubrí la fortaleza de mi sistema inmunológico, confiable colega que permite descuidarme de abrigos en desoladas noches invernales, donde el aroma a madrugada hace cortocircuito con las blancas luces de la Luna, que a su vez transita con desconfianza los vaivenes del próximo eclipse. Del frío aprendí que la inspiración es un estado de ánimo que sube y baja, y que la creatividad lejos de ser una bendición es un tormento que una vez utilizada nos convierte en esclavos, obligándonos a extrañarla cuando no está pero a sufrirla cuando aparece.
Condenados a crear a morir en el intento.
La evolución natural de las especies.
Del insomnio aprendí la relatividad del tiempo, que las eternidades pueden ser tan solo un reloj que no avanza, o una noche que transcurre a toda prisa. Del insomnio aprendí que la delgadez es cosa de locos, y que la palidez encierra de modo escondido algunos tormentosos secretos de la psiquis. Con el insomnio aprendí a disfrutar de la belleza.
De la fiebre aprendí a respetar los delirios, a no subestimar una pesadilla.
De mis Alter Egos aprendí a meditar. A mutar las semejanzas del espejo para sumergirme en el laberinto de ideas, surfear avalanchas y descubrir los susurros del joven árbol devenido en tumba.
Soy la metáfora incomprensible del libro que te gustaría haber escrito.
Soy un Soñador en el Infierno, con un cuchillo en la mano, desafiando al viento.
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