Ya vi a la ciudad del futuro convertirse en penosas ruinas
ante los pies del enfurecido pueblo que no escatimó en fuego a la hora del
hundimiento, que no padeció un segundo más de la temerosa tortura del Verdugo
que continuó en la derrota flagelándose con turbias mentiras cargadas de
sadismo y miseria.
Ya vi al Ungido gritar la palabra prohibida en su última
bocanada de aire fresco, aire cargado de prudencia y júbilo. Los parlantes que
solían cobardemente anunciar con sonoras y agudas bocinas, con las que muchos
soñaron durante sus escandalosas vidas, el comienzo del toque de queda, ahora
sueltan las más bellas melodías del Jazz. Y el pueblo baila. Y canta. Y bebe
vino y cerveza en las destruidas calles del Imperio que se hunde. Y tienen sexo
en los más sombríos callejones adornados con tarros de basura podrida, rodeado
de roedores que trepan por los paredones y escapan de los felinos por los aun
funcionales cables de electricidad.
¡Oh, Libertad!
¡Asquerosa y bienaventurada Libertad!
¿No es acaso la emoción un frágil barrilete de papel
navegando entre los furiosos vientos huracanados de la tormenta que se
aproxima? ¿No es acaso la diversión el pecado primero, la piedra fundacional
sobre los cuales se construyó el territorio Infernal? ¿No es acaso la esperanza
esa inocente espera cargada de agonía que sueña con el milagro?
¡Oh, Eternidad!
¡Asquerosa Eternidad que calumnia al Universo ante los ojos
de las estrellas, testigos de la inalcanzable existencia!
Danzaron luciendo su desnudez rodeando el fuego cada vez más
vivo.
Libres.
Eternos.
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