Pregunto a una señora si está en la fila, me responde que “acá no hay fila”, y cuando en el horizonte se ve doblar el 60 la gente se abalanza, sedienta, tratando de quedar próximos a la puerta, y así obtener un asiento, o en el mejor de los casos, un lugar cómodo donde viajar de pie durante varios kilómetros.A medida que nos acercamos a Plaza Independencia el colectivo disminuye su caudal y puedo, por fin, sentarme cómodamente al menos para la última parte del recorrido. Con mayor tranquilidad puedo permitirme observar un poco, y ver que aquí se respeta más a las personas mayores, ellos tienen la prioridad en los asientos, no solo tienen unos pocos lugares asignados en las primeras filas, sino que de no haber lugar, cualquier otra persona, sea hombre o mujer, se incorpora y deja libre ese asiento que tanto le costó conseguir para cedérselo a los abuelos.
A las mujeres no se les cede nada. Ellas viajan paradas si no hay lugares libres. La igualdad de géneros quita algunos beneficios.
Algunos van tomando mates en pleno viaje, para apaciguar el trayecto supongo (como si fuese tan largo), a lo primero me sorprendo pero después miro por la ventana y veo que la gente camina con el mate y el termo bajo el brazo, y que en las esquinas llenan el porongo como quien recarga energías.
(“Por lo menos reconoce cuál es tu fuente de energía”)
Noto que la cantidad de los locales de venta de instrumentos musicales es superior a otras partes del mundo. La percusión y los vientos cotizan mucho en estos lugares, chicas de no más de catorce años caminan con su estuche de saxo o clarinete, otros ya están instalados con sus murgas en las plazas más pequeñas, los menos pasean con su guitarra.
Los paredones son lienzos y libro de quejas.
Las calles son un museo a cielo abierto.
En la primera parada de la avenida 18 de Julio sube un joven con una guitarra, ya quedamos pocas personas en el bondi, él agradece al chofer la posibilidad de permitirle mostrar su arte y nos comunica que quizás conozcamos las canciones que está a punto de interpretar. Abre con “Hombres de hierro” de León Gieco (nunca lamenté tanto no tener mi armónica encima) y luego canta una de Silvio Rodríguez. Nos dice que como artista callejero lo más feo es tener que pedir, pero que lamentablemente tiene que hacerlo. Solo puedo darle cuatro pesos, que es el vuelto que me dio el chofer del colectivo, porque en estos lugares todavía se puede pagar el transporte público con dinero.
Además de mí colaboración, solo una mujer le deja monedas.
El joven antes de bajarse dice “muchas gracias, han sido muy amables conmigo y mi gorro”, y esa sutileza pasa desapercibida en la vorágine que propone toda ciudad capital. Utilizó la palabra “gorro” y no “gorra”, a pesar que las monedas fueron depositadas en una gorra. Pero por las canciones que acababa de cantar era evidente su ideología de izquierda, y para la izquierda la “gorra” está estrechamente relacionada con la policía, la dictadura, y la violencia de estado, una genialidad del muchacho. Ese es el verdadero valor de la palabra, la verdadera fuerza.
Bajo frente al monumento de Artigas, con la certeza de tener la cabeza un poco más abierta.
Ahora sé que el viento sopla fuerte en lo alto del Centenario.
(Del proyecto "Sobre bares, cines y sombras")
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