martes, 24 de abril de 2018

EL VIEJITO DE MAR DEL PLATA


River está en la B. Pero el negocio es muy grande y el clásico de verano en “la Feliz” debe jugarse igual. Yo camino por las calles desiertas, ya es tarde y la gente común no sale a estas horas. Sé que el partido está empatado, cada vez que paso por un bar estiro el cuello, como muchos otros peatones, para tratar de ver la pantalla gratuitamente.
Un grito ensordecedor baja desde los edificios y sale de los bares. El único bar que tengo cerca es uno de vidrieras ploteadas, no se ve nada pero la gente comienza a aglomerarse en la puerta, nadie va a ingresar porque nadie quiere pagar nada. Algunos escriben en su celular para consultarle a alguien de quién es el gol, otros, por las dudas, putean.
Todo es silencio cuando la puerta del bar se abre.
Del interior sale un viejito, ochenta, noventa (¿cien?) años, con una vida vivida, con más pasado que futuro. Su mandíbula no se queda quieta, le tiembla, tiene vida propia. Lleva un bastón con su mano derecha que sostiene todo su encorvado ser, la mano también le tiembla y siempre da esa sensación de estar a punto de caer. Su nariz moquea, sus ojos están vidriosos. Debe ser calvo porque viste con una boina gris.
Su cabeza nos mira, no puede quedarse quieta. Lo miro bien, uno de sus ojos es más grande que el otro y su boca está abierta y le cuelga un hilo de baba. Avanza unos pocos centímetros, se detiene y vuelve a mirarnos mientras seca su nariz con un sucio pañuelo que saca de su bolsillo. En el fondo sabe perfectamente lo que la pequeña multitud que lo está rodeando quiere saber.
Emociona ver el intento de sonrisa del viejito, y sentir como sus ojos cansados y antiguos cobran vida, brillan, se convierten en fuego, eleva de manera temblorosa su brazo izquierdo y presiona su puño con fuerza. Su alma ha vuelto. Está de nuevo.
Un gol es vida.
-¡River! – dice con firmeza agitando el puño.
Los presentes en la vereda gritamos, otros ratificaron sus puteadas, me abrazo con alguien, nos palmeamos la espalda y veo lágrimas en sus ojos.
-¡River! – repite con más intensidad, como si el grito callejero de los presentes le hubiese dado una cuota extra de energía.
El viejito se aleja a paso lento, en soledad, como dice la canción, cada vez va más lento, pero va, se pierde al doblar la esquina, con una Luna brillando en el mar como lienzo, y las bocinas de un par de taxis sonando.
Me pregunto si tendrá hijos, su vivirán, por qué un hombre de su edad salió a ver un partido a un bar, ¿se estará escapando del asilo?, ¿vivirá debajo de un puente?, ¿habrá enviudado hace poco y necesita despejarse?, tal vez solo se siente aburrido en la pensión, o las enfermeras son de Boca y no quiere problemas. El fútbol tiene esas cosas.
Hay caravana exagerada, pero que importa, vení, bailá conmigo que nadie puede robarte lo bailado. Hoy el mundo es alegría, mañana vemos. Mañana los problemas seguirán estando allí, en el lugar donde los dejamos, pero hoy es fiesta.
Regreso a mi ciudad y le comento la inocente anécdota del viejito a Juan. Desde entonces cada vez que River juega algún partido de los denominados chivos siempre lo mencionamos entre risas, pensando en qué estará haciendo el Viejito de Mar del Plata, si no se muere hoy no se muere más, lo imaginamos fanático, caminando con el suero por la calle para ver al Millonario con su gente. Creer o reventar, cada vez que lo mencionamos, River gana, gana en Brasil, empata en la altura, elimina a Boca una vez, y otra vez y otra vez.
Me pregunto si esa no será la inmortalidad de la que hablaban los filósofos griegos que estudié en la secundaria. No sabemos si el hombre continúa con vida, pero lo está en nosotros, sufre en cada partido y ya se convirtió en un amuleto. Le hicimos dibujos, para que la cábala funcione hay que mencionarlo tres veces.
Viejito de Mar del Plata.
Viejito de Mar del Plata.
Viejito de Mar del Plata.
Pensamos en imprimir los dibujos para hacerlo estampita y venderlas. Algún que otro fanático prometió tatuárselo si se vuelve a conseguir una Copa Libertadores. Pero yo, que soy muy sensible a la belleza, solo puedo canonizarlo en este texto.

(Del proyecto "Sobre bares, cines y sombras")

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